Reportajes . ...
Experto Raúl Ferreyra y las claves para entender el equilibrio hídrico

Riego en maceta: los retos que nacen con el sustrato

En el cultivo de arándano en maceta, con el paso del tiempo y el crecimiento en superficie, la desuniformidad del riego, la degradación progresiva del sustrato y el aumento de la temperatura en los contenedores van configurando un escenario más complejo, lo que obliga a comprender con mayor precisión la interacción entre las variables físicas, químicas y ambientales del sistema.

15 de Junio 2026 Equipo Redagrícola
Riego en maceta: los retos que nacen con el sustrato

“El primer problema que uno ve en Perú y en otros lugares es la desuniformidad de la humedad. En un mismo contenedor puedes tener zonas secas y zonas húmedas. Y eso mismo pasa con la conductividad eléctrica”, explica el especialista en riego y drenaje, física de suelo y relaciones hídricas en cultivos frutales, Raúl Ferreyra, sobre los problemas que identifica en el riego en sustrato.

Además de este problema, el experto identifica que el aumento del drenaje, el alza de temperatura en maceta y la degradación progresiva del sustrato están obligando a replantear el manejo del riego en maceta de arándanos, especialmente en zonas como Ica, Olmos y Trujillo.

 La maceta y sustrato han traído otros retos en cuanto al fertirriego en la industria arandanera.

Especialista en riego y drenaje, física de suelo y relaciones hídricas en cultivos frutales, MSc. Raúl Ferreyra.

Desuniformidad en la maceta: el problema que origina otros errores

En cuanto a la desuniformidad en la distribución de la humedad y la conductividad eléctrica dentro del contenedor, explica que lejos de ser un detalle menor, esta variabilidad está en la base de muchas decisiones que terminan elevando los niveles de drenaje. En campo, conviven sistemas con dos, cuatro e incluso hasta ocho emisores por maceta. Sin embargo, aun con más puntos de riego, la uniformidad sigue siendo limitada. “El bulbo de mojamiento en los sustratos es muy vertical. Cuesta lograr un mojamiento lateral”, explica Raúl Ferreyra.

Esto se traduce en diferencias marcadas dentro de una misma maceta. Mediciones en campo muestran contenidos de humedad que pueden ir desde 25% hasta 50%, junto con variaciones importantes en conductividad eléctrica, que pueden oscilar entre 1,5 y 5 dS/m. “Entonces tenemos una disuniformidad. Y eso es un problema. ¿Con cuál de esos valores estamos manejando?”, advierte.

El paso de dos a cuatro emisores ha reducido parcialmente esta variabilidad, pero no la elimina. Frente a ello, la respuesta más común ha sido aumentar los tiempos de riego para lograr mayor cobertura. “Muchas veces estamos tratando de corregir la falta de uniformidad a base de drenaje”, señala.

Esto abre un nuevo problema: el exceso de drenaje y sus efectos en la eficiencia del sistema. Por ello, Ferreyra plantea que una de las líneas a explorar es el aumento de los puntos de emisión dentro de la maceta. Lo ideal es que en macetas de 25 litros se ponga 4-6 puntos de emisión, mientras que en las de 40 litros 6 a 8 puntos de emisión.

Medición de conductancia estomática en campo permite ajustar la frecuencia de riego según la respuesta fisiológica de la planta.

Más agua tampoco es la solución

El aumento del drenaje, utilizado muchas veces para corregir la desuniformidad dentro de la maceta, trae consigo una serie de efectos colaterales que impactan directamente en la eficiencia del sistema. El más evidente es la pérdida de agua y nutrientes. Al incrementar los volúmenes de riego, parte importante de la solución nutritiva se pierde por lixiviación, reduciendo la eficiencia del fertirriego.

Pero el impacto va más allá. “El alto drenaje acelera la degradación del sustrato”, explica Raúl Ferreyra. Esto ocurre porque se incrementa la actividad microbiana, favoreciendo la descomposición de componentes como las ligninas y provocando un cambio más rápido en las propiedades físicas del material.

A ello se suma un efecto menos visible, pero crítico: el lavado de bases. En condiciones de baja conductividad eléctrica —por debajo de 0,5 dS/m— y drenajes superiores al 30%, se facilita la pérdida de cationes como calcio, magnesio, potasio y sodio. “Es como llevar el sistema a condiciones de alta pluviometría. Se empiezan a lavar las bases”, advierte.

Este proceso puede derivar en la acidificación del sustrato, alcanzando en algunos casos niveles extremos. “Nos hemos encontrado con pH de 3 en contenedores, y eso ya es una problemática”, señala.

Si bien no todas las zonas presentan este comportamiento —ya que depende de la composición del agua de riego—, el riesgo aumenta en sistemas con baja conductividad y alto drenaje. Frente a ello, el especialista plantea que una de las vías para reducir el drenaje es mejorar la distribución del riego dentro de la maceta, aumentando los puntos de emisión como ya lo había mencionado.

Sistemas de monitoreo en tiempo real integran variables climáticas y del sustrato para afinar decisiones de riego en campo.

Temperatura en maceta: un problema creciente en Perú

El control de la temperatura del sustrato se ha convertido en otro factor crítico en el manejo del arándano en maceta, especialmente en condiciones como las de la costa peruana. Mediciones en campo muestran que las temperaturas en contenedores pueden superar ampliamente los rangos óptimos para la planta.

Un ejemplo claro se observa en el norte de Trujillo. En un mismo campo, evaluado entre febrero y marzo, menciona que las macetas alcanzaron temperaturas máximas de 33–34 °C y mínimas de 24 °C, mientras que en suelo, bajo las mismas condiciones, las temperaturas se mantuvieron entre 26,5 y 27,5 °C como máximas, con mínimas similares. Situaciones similares se repiten en otras zonas. En Pisco, por ejemplo, el sustrato puede alcanzar entre 29 y 31 °C, con mínimas cercanas a 23 °C, manteniéndose muy próximo a la temperatura del aire tanto de día como de noche.

“Tenemos temperaturas muy altas en los contenedores, y lo más probable es que estén generando problemas en la absorción de agua y nutrientes”, advierte Raúl Ferreyra. El efecto no es menor. Estas condiciones pueden limitar la actividad radicular durante varias horas del día, afectando directamente la capacidad de la planta para sostener su desarrollo.

Uno de los errores más extendidos ha sido intentar corregir este problema aumentando los pulsos de riego. Sin embargo, la evidencia en campo muestra que esta práctica tiene muy poco impacto. “El volumen de agua que aplicamos en cada pulso es muy pequeño. El efecto sobre la temperatura es prácticamente nulo”, explica.

Esto se debe, en parte, a la alta porosidad del sustrato, que actúa como aislante, y al bajo volumen de agua aplicado en cada riego, insuficiente para generar cambios térmicos relevantes.

En ese contexto, el especialista plantea que el control de la temperatura pasa por otro mecanismo: la evaporación. Para que esta ocurra de manera efectiva, es necesario lograr un mojamiento uniforme de la superficie del sustrato, algo que no siempre se consigue con pocos emisores. “Si solo mojo puntos, la evaporación es baja. Si logro cubrir la superficie, puedo tener un efecto térmico más relevante”, explica.

A ello se suman decisiones de diseño, como el uso de macetas de mayor volumen, colores más claros o incluso sistemas de doble contenedor, que pueden ayudar a moderar las temperaturas. Otra opción es aislar las paredes exteriores de la maceta con materiales aislantes o con un tipo doble maceta (falda). Utilizar materiales con alta reflectividad y baja conductividad térmica para la cobertura. El espacio de aire entre ambas actúa como un aislante natural.

Sustratos con pocos años no evidencian cambios
en su estructura.

El sustrato cambia —y más rápido de lo esperado

Más allá del riego, uno de los ejes técnicos que comienza a ganar relevancia en el manejo del arándano en maceta es la degradación del sustrato. En materiales orgánicos como la fibra de coco, este proceso no solo es inevitable, sino que ocurre de forma más rápida de lo que muchas veces se asume en el diseño del sistema. “El sustrato que instalaste no es el mismo al año, ni a los dos años. Está cambiando constantemente”, enfatiza Raúl Ferreyra.

Desde el punto de vista físico, la degradación implica una modificación progresiva de la estructura del sustrato. A medida que se descomponen sus componentes —principalmente las fracciones más gruesas— aumenta la proporción de partículas finas, que tienden a migrar y acumularse en la parte inferior de la maceta. Este fenómeno reduce la macroporosidad, disminuye la capacidad de aireación y altera la conductividad hidráulica del sistema.

El resultado es un perfil cada vez más estratificado. En la zona inferior se genera una condición de saturación permanente, conocida como “napa colgada”, donde el agua se acumula y el intercambio gaseoso se vuelve limitado. “Empieza a disminuir la capacidad de aire y se acumula agua en el fondo. Ahí es donde se generan los problemas de asfixia radicular”, explica.

Desde una perspectiva funcional, esto significa que parte del sistema radicular opera en condiciones hipóxicas, lo que reduce su capacidad de absorción de agua y nutrientes, y limita su actividad metabólica. En paralelo, la menor aireación favorece la aparición de condiciones reductivas que pueden afectar la disponibilidad de ciertos elementos.

Ferreyra advierte que, para el arándano, mantener una adecuada relación aire/agua es clave. Se requiere al menos un 35% de macroporosidad para asegurar un intercambio gaseoso adecuado, idealmente cercano al 45% para sostener la estabilidad del sistema en el tiempo.

El monitoreo continuo del sustrato permite ajustar el riego según la demanda real del
sistema y evitar excesos de drenaje.

Oxígeno: la variable que entra al radar

En ese contexto, Ferreyra apunta que el oxígeno en la rizosfera comienza a posicionarse como una variable crítica en el manejo del cultivo. El uso de sensores ha permitido cuantificar cómo evoluciona este parámetro a medida que envejece el sustrato. “Un sustrato nuevo puede tener 20% de oxígeno, sin problema. Pero a los tres años puede bajar a 16% y a los seis años a 14%. Ahí ya estamos en una zona crítica”, detalla.

Esta disminución tiene efectos directos sobre la fisiología de la planta. La reducción del oxígeno disponible limita la respiración radicular, lo que a su vez impacta en la absorción activa de nutrientes y en la generación de energía (ATP) necesaria para sostener el crecimiento.

Las consecuencias se reflejan rápidamente en el funcionamiento de la planta: menor transpiración, cierre estomático, caída de la tasa fotosintética y, en última instancia, una menor eficiencia en la producción. “No es gratis que falte oxígeno. Afecta todo el sistema de la planta”, concluye el especialista.

Frente a este escenario, Ferreyra plantea que el manejo del riego debe evolucionar, especialmente en sistemas donde el sustrato ya ha comenzado a degradarse. Hoy, en muchos campos, los pulsos de riego se activan con variaciones mínimas de humedad (1% o 2%), manteniendo el sustrato constantemente saturado. “Eso funciona cuando el sustrato es nuevo. Pero cuando empieza a perder aireación, ese mismo manejo puede generar problemas”.

La alternativa es permitir una mayor oscilación de humedad, favoreciendo la entrada de oxígeno, aunque esto debe hacerse con monitoreo fino para evitar estrés hídrico.

Más que recetas puntuales, el mensaje del especialista apunta a un cambio de enfoque. El riego en arándano en maceta ya no puede manejarse solo desde la reposición de agua, sino desde la interacción entre física del sustrato, temperatura, oxigenación y química. “Tenemos que empezar a mirar el sistema completo. El problema es complejo, pero hay que enfrentarlo con datos”, concluye.

 

Fernando Diez: el riego no parte en el gotero

El manejo del riego en arándano en maceta no puede entenderse como una decisión operativa aislada. Para el asesor internacional Fernando Diez, el punto de partida está mucho antes: en las condiciones del lugar, la calidad del agua y el diseño del sistema productivo. En ese sentido, tres variables estructuran cualquier decisión: condiciones climáticas, química del agua y disponibilidad hídrica.

Uno de los ejes más críticos —y muchas veces subestimado— es la calidad del agua. Parámetros como pH, conductividad eléctrica y concentración de sales no solo afectan la nutrición, sino que determinan directamente cómo debe manejarse el riego. Diez advierte que, frente a aguas con problemas químicos, el sistema obliga a trabajar con mayores niveles de drenaje para evitar acumulación de sales. “Mientras peor sea el agua, más alto debe ser el drenaje”, explica.

El problema es que esta solución tiene consecuencias. El aumento del drenaje implica mayor pérdida de nutrientes y, además, acelera el deterioro del sustrato, reduciendo su vida útil.

Diez pone énfasis en cómo el agua interactúa con el sustrato en el tiempo. Un manejo inadecuado, sumado a problemas de calidad, puede llevar a una degradación acelerada del material. En la práctica, esto se traduce en pérdida de estructura, menor aireación y reducción del volumen radicular activo. “Se empieza a transformar en un material más fino, incluso en una condición cercana a barro, lo que limita el desarrollo de la raíz”, describe.

Otro de los conceptos clave que plantea Diez es la relación entre capacidad de drenaje y retención del sustrato. Sistemas con alta capacidad de drenaje pero baja retención obligan a aumentar la frecuencia de riego, generando un círculo de ineficiencia. Este escenario se define como una condición técnica crítica: “alto drenaje–baja retención”. Esto implica que el problema no es solo cuánto se riega, sino cómo el sustrato responde al agua aplicada.

El volumen de sustrato también es riego

Para Diez, una de las decisiones más relevantes es el volumen de sustrato, directamente condicionado por el clima. En zonas de bajo estrés (bajo DPV), es posible trabajar con volúmenes menores, del orden de 27 a 29 litros, como se observa en casos como Boyacá, Colombia.

En cambio, en condiciones de alto estrés térmico y evaporativo, como Sinaloa o la costa peruana, el volumen debe aumentar a rangos de 40 a 60 litros para permitir una mayor estabilidad hídrica y térmica.

Esto tiene un impacto directo en el riego: mayor volumen permite amortiguar variaciones y reducir la frecuencia de aplicación, mientras que volúmenes pequeños hacen el sistema más dependiente y sensible.

Disponibilidad hídrica: el límite del sistema

El tercer eje es la disponibilidad de agua. En escenarios de restricción hídrica, Diez plantea que el sistema debe adaptarse reduciendo consumos y pérdidas. Esto implica trabajar con sustratos de mayor retención y, en algunos casos, con menores volúmenes para acortar el recorrido del agua y mejorar la eficiencia.

Resume este enfoque en que a menor disponibilidad hídrica exige mayor retención y un manejo más preciso del riego.

El asesor internacional Fernando Diez.

 

Prometeo Sánchez: el riego según la demanda climática

En zonas como Ica, donde la radiación, la temperatura y el déficit de presión de vapor (DPV) son elevados, la planta opera bajo condiciones de estrés abiótico que impactan directamente su productividad. “El estrés puede reducir la producción entre 15% y 50%, dependiendo del momento en que ocurre”, explica Prometeo Sánchez, investigador del Colegio de Postgraduados en Ciencias Agrícolas de México.

Este estrés se traduce en cierre estomático, menor transpiración y una caída en la fotosíntesis. Como consecuencia, la planta reduce su capacidad de absorber agua y nutrientes, afectando tanto el tamaño como la calidad de la fruta.

Frente a este escenario, el manejo del riego —y especialmente del fertirriego— se convierte en la principal herramienta para sostener el equilibrio del sistema. En condiciones como las de la costa peruana, el especialista plantea que el riego debe ajustarse a la demanda climática. En Ica, por ejemplo, el calor exige pulsos cortos y frecuentes, con entre 8 y 12 riegos por día en periodos de alta demanda.

En contraste, durante el invierno, cuando la evapotranspiración disminuye, la estrategia cambia: es necesario reducir la frecuencia para evitar acumulación de sales en el sustrato.

El drenaje como indicador, no como consecuencia

Uno de los cambios más relevantes en el enfoque de manejo es el rol del monitoreo. Más que definir el riego por calendario, Sánchez propone leer el sistema en tiempo real. El seguimiento diario de la conductividad eléctrica (CE) y el pH del drenaje se vuelve clave. “Si la CE del drenaje sube más de 0,5 puntos respecto al agua de entrada, hay que aumentar el volumen de riego para lavar sales”, explica.

Además, recomienda complementar esta información con mediciones directas del sustrato, a través de muestras exprimidas, para entender lo que realmente ocurre en la zona radicular. Así, el drenaje deja de ser un resultado del manejo para transformarse en una herramienta de diagnóstico.

Evitar errores silenciosos en el fertirriego

El manejo nutricional también exige precisión. La elección de fuentes y su compatibilidad química son fundamentales para evitar problemas en el sistema. Entre las recomendaciones, destaca el uso de nitrato de calcio —evitando su mezcla con sulfatos en soluciones concentradas—, junto con fuentes como sulfato de potasio y magnesio. El ácido fosfórico, en tanto, cumple un doble rol: aportar fósforo y ajustar el pH.

En el caso de micronutrientes, la recomendación es trabajar con formas quelatadas, asegurando su disponibilidad en condiciones variables.

Prometeo Sánchez, investigador del Colegio de Postgraduados en Ciencias Agrícolas de México.

Select your currency

NEWSLETTER

Gracias por registrar tu correo

Registrate

* indicates required
Newsletters