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Escenario de estrés y enfermedades

La poda marcará el ritmo productivo del arándano en Ica

Para el fitopatólogo Walter Apaza, las principales enfermedades del arándano en Ica están más relacionadas con el manejo agronómico y el estrés fisiológico de la planta que con una presión sanitaria aislada. En ese escenario, las ventanas de poda se vuelven más estrechas y comienzan a definir tanto la sanidad como el calendario productivo del cultivo en una zona marcada por altas temperaturas y elevada radiación.

17 de Junio 2026 Marienella Ortiz
La poda marcará el ritmo productivo del arándano en Ica

Los principales problemas sanitarios que hoy enfrenta el cultivo de arándano en Ica no responden únicamente a la presencia de patógenos, sino también al nivel de estrés que acumula la planta producto de las condiciones climáticas del valle. Así lo sostiene el Ph. D. Walter Apaza, fitopatólogo e investigador de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional Agraria La Molina, quien advierte que las altas temperaturas, radiación, manejo de sales, riego y oportunidad de poda comienzan a definir gran parte del comportamiento sanitario del cultivo.

Ica muestra adecuadas condiciones para la producción y cosecha de arándano, pero en los meses de verano —enero a marzo— las temperaturas son altas y las condiciones presentan déficit de presión de vapor muy extremas por la baja humedad y las altas temperaturas.

En ese contexto, enfermedades como el Oidium y los hongos de madera se han convertido en los principales focos de atención en los campos de arándano de la región. El primero ya forma parte del escenario sanitario habitual del cultivo, favorecido por las condiciones secas de Ica, mientras que los hongos de madera —principalmente asociados al género Lasiodiplodia— empiezan a aparecer con mayor frecuencia en plantas sometidas a estrés fisiológico.

Bajo ese escenario, la poda comienza a adquirir un rol estructural dentro del sistema productivo del arándano en Ica. A diferencia de otras zonas productoras, la intensidad del verano reduce las ventanas de intervención y limita la posibilidad de realizar podas tardías sin incrementar el riesgo sanitario. “Si podas muy tarde, pegado al calor, la planta se estresa y ahí entran los hongos de madera. Ese problema después te acompaña por varias campañas”, advierte.

Oidium: endémico, visible, pero no siempre crítico

En los campos de arándano de Ica, el Oidium, identificado como Erysiphe vaccinii, encuentra condiciones particularmente favorables para su desarrollo. A diferencia de otros hongos, no requiere agua libre para germinar, lo que le permite adaptarse con facilidad a climas secos o semiáridos, con temperaturas óptimas entre 23 y 28 °C. “Al Oidium le gusta el clima seco. Son hongos adaptados a esas condiciones, por eso en Ica se expresa con tanta facilidad”, explica Apaza.

En términos de sintomatología, suele iniciar su desarrollo en el envés de la hoja, donde forma una capa blanquecina que posteriormente se extiende hacia el haz. Esta expresión visual, aunque evidente, no siempre se traduce en un impacto directo en la productividad del cultivo. “Empieza en el envés, luego se va al haz y mancha la hoja. Es muy visible y por eso genera mucha alerta”, precisa.

El oídio se manifiesta como un recubrimiento blanquecino sobre hojas y brotes
tiernos, afectando la fotosíntesis y el vigor de la planta.

Pese a lo señalado, a diferencia de enfermedades como botrytis o roya, el Oidium no suele generar daños severos en condiciones de baja severidad. Ahora, si la enfermedad progresa sin control, puede afectar procesos fisiológicos de la planta, reduciendo la fotosíntesis y alterando el balance hídrico. “Cuando tienes severidades altas, el hongo incrementa la evapotranspiración y la síntesis de etileno. Ahí ya empiezas a tener fruta deshidratada, con menor firmeza y menor calidad”, advierte.

En todo caso, esto se traduce en una mayor presión sobre los programas fitosanitarios. El Oidium es, actualmente, la enfermedad que concentra la mayor cantidad de aplicaciones foliares en arándano, con intervenciones que se inician desde brotamiento y se extienden hasta cosecha. “Si uno hace un balance, probablemente es la enfermedad por la que más se aplica, desde brotamiento, prefloración e incluso en cosecha”, comenta.

A este escenario se suma el recambio varietal que ha experimentado el cultivo en los últimos años. La introducción de nuevas genéticas, muchas de ellas con mayor sensibilidad, ha contribuido a que la enfermedad gane protagonismo en campo. “Se han incorporado variedades más susceptibles, y eso también explica por qué hoy el Oidium tiene mayor presencia”, indica.

Bajo este contexto, el desafío está en evitar que la enfermedad escale hacia etapas donde pueda comprometer la calidad de la fruta, especialmente en un cultivo donde los estándares comerciales son cada vez más exigentes.

La poda y eliminación oportuna de material infectado es una de las principales
medidas para reducir la diseminación de hongos de madera en campo.

 

Oidium del arándano

Nombre científico: Erysiphe vaccinii
Tipo de patógeno: Hongo biotrófico, parásito obligado
Ubicación frecuente: Hojas, principalmente en el envés

Condiciones que favorecen su desarrollo

Climas secos o semiáridos; temperaturas entre 23 y 28 °C; alta radiación y baja humedad relativa; presencia de variedades susceptibles.

Características del patógeno

No requiere agua libre para germinar. Sobrevive en yemas y tejido vegetal. Se desarrolla rápidamente en condiciones de estrés de la planta. Es específico del cultivo de arándano.

Síntomas principales

Presencia del signo como pulverulencia blanquecina en hojas. Manchas cloróticas en el haz y coloraciones púrpuras oleosas en el envés. Reducción de la fotosíntesis. Incremento de la transpiración. En ataques severos puede generar necrosis y envejecimiento prematuro de la planta.

Impacto en la fruta

Mayor evapotranspiración. Incremento de síntesis de etileno. Fruta más deshidratada. Pérdida de firmeza y calidad poscosecha.

Momentos críticos de manejo

Brotamiento, prefloración, floración y periodos cálidos de cosecha.

Hongos de madera: el verdadero problema silencioso

En los campos evaluados, la aparición del hongo de madera está estrechamente vinculada a condiciones de estrés en la planta, más que a una presión ambiental directa, explica Walter Apaza. Dentro de este grupo, el género Lasiodiplodia es el más frecuentemente aislado en muestras analizadas, particularmente en plantas que han atravesado episodios de estrés térmico, hídrico o nutricional.

Se trata de un patógeno que puede permanecer en estado latente dentro del tejido vegetal y activarse cuando las condiciones son favorables. “Es un hongo que cuando detecta estrés, se activa y empieza a generar problemas en la madera”, señala.

Este comportamiento endofítico —es decir, su capacidad de habitar el interior de la planta sin manifestarse inmediatamente— explica por qué muchas veces el daño se detecta tardíamente, cuando ya hay ramas secas, debilitamiento estructural o pérdida de vigor.

A diferencia de otros patógenos foliares, los hongos de madera ingresan principalmente a través de heridas, siendo la poda uno de los momentos más críticos. “Penetran por heridas. Si haces una poda en condiciones de estrés, como temperaturas altas, le estás dando la oportunidad perfecta para que ingresen”, advierte Apaza.

En Ica, este riesgo se acentúa durante los meses de verano, especialmente en febrero, cuando coinciden altas temperaturas y condiciones de baja humedad. En este escenario, la planta aumenta su vulnerabilidad.

A ello se suma un factor adicional: el daño por radiación. En plantas jóvenes o con brotes expuestos, la alta radiación puede generar escaldado en los tejidos, creando nuevas puertas de entrada para estos patógenos. “Cuando tienes material verde expuesto, la radiación puede quemarlo. Esas heridas son aprovechadas por los hongos de madera”, indica.

El impacto de estos patógenos no es inmediato, pero sí acumulativo. A diferencia de enfermedades que afectan una campaña específica, los hongos de madera pueden comprometer la estructura de la planta a lo largo del tiempo, afectando su productividad y longevidad. “Lo complicado es que no se van de inmediato. Siguen avanzando, secando ramas y debilitando la planta en las siguientes podas”, advierte.

En ese contexto, el manejo no se centra únicamente en el control químico, sino en la prevención del estrés. Factores como riego, manejo de sales, sanidad radicular y oportunidad de poda cumplen un rol más determinante que la intervención directa sobre el patógeno. “El control químico ayuda, pero no define el partido. La clave es evitar el estrés de la planta”, enfatiza.

Los hongos de madera avanzan internamente por ramas y corona, debilitando
progresivamente la estructura de la planta y reduciendo su productividad.

La poda: el punto crítico del sistema

En el manejo sanitario del arándano, la poda aparece como una de las labores más determinantes en Ica. No solo define la arquitectura de la planta y su productividad, sino también su exposición a enfermedades, en especial a los hongos de madera. “La primera poda es clave. Lo que hagas ahí define cómo va a comportarse la planta en las siguientes campañas. Una mala poda con plantas sin raíces activas ocasiona un nivel de estrés que susceptibiliza al ataque de hongos de madera, que posteriormente afectarán ocasionando muerte de ramas y necrosis de coronas”, señala Walter Apaza.

En campo, uno de los principales problemas detectados ha sido la tendencia a realizar podas tardías, muchas veces extendiendo la cosecha en función de los precios del mercado. Esta decisión, sin embargo, incrementa significativamente el riesgo sanitario. “Se están haciendo podas muy pegadas al verano, en febrero, y ahí la planta entra en estrés. Es el escenario perfecto para que ingresen los hongos de madera”, advierte.

Las condiciones climáticas de Ica marcan con claridad las ventanas de riesgo. Durante los meses de verano, las temperaturas pueden superar ampliamente los 30 °C, con alta radiación y baja humedad, generando un entorno que debilita la planta y favorece el desarrollo de patógenos como Lasiodiplodia, cuyo óptimo de crecimiento se ubica precisamente en ese rango térmico. “Cuando tienes temperaturas altas, el hongo crece más rápido y la planta, al mismo tiempo, se estresa. Esa combinación es la más peligrosa”, explica.

En ese contexto, la recomendación es clara: evitar podas en los meses de mayor calor y priorizar ventanas más seguras desde el punto de vista fisiológico y sanitario. “Para el sur, las mejores épocas de poda son noviembre y diciembre. Enero ya es más riesgoso, y febrero directamente no debería considerarse”, recomienda.

El manejo posterior a la poda también resulta crítico, explica. Al eliminar follaje, la planta reduce su capacidad de transpiración, lo que puede generar acumulación de sales en el sustrato si no se toman medidas previas. “Si podas con un nivel alto de sales en el sustrato, esas sales se concentran y terminan necrosando a las raíces funcionales. Ese estrés favorece a los hongos de madera”, explica.

Por ello, Apaza enfatiza la necesidad de preparar la planta antes de la poda, mediante lavados de sales y un manejo adecuado del riego. A esto se suma la protección de las heridas, principal vía de ingreso de los patógenos. “Inmediatamente después de la poda hay que proteger. Primero con bloqueadores solares para evitar escaldado y luego con fungicidas sobre la herida”, indica.

El riesgo de daño por radiación es especialmente alto en brotes jóvenes o tejidos expuestos, donde la intensidad solar puede generar lesiones que actúan como puertas de entrada para infecciones. “En Villacurí hemos visto casos donde la radiación quemó el tejido y por ahí ingresaron los hongos de madera. Todo eso se pudo evitar con protección”, comenta el investigador.

En el manejo de hongos de madera en arándano, Walter Apaza sostiene que, en general, el control químico representa solo una parte menor de la estrategia sanitaria. “El control químico probablemente explica un 10% o 15% del manejo. El resto tiene que ver con evitar el estrés de la planta”, señala.

En ese sentido, factores como la calidad y uniformidad del riego, el manejo de fertilización y sales, la condición fisiológica de la planta, la oportunidad de poda y la elección varietal terminan teniendo un peso mucho mayor en la incidencia de Lasiodiplodia theobromae.

Bajo ese escenario, el manejo sanitario del arándano comienza a depender menos de una intervención puntual y más de la capacidad de mantener plantas equilibradas fisiológicamente frente a condiciones climáticas cada vez más exigentes, asevera Apaza.

 

Hongos de madera en arándano

Principal género asociado: Lasiodiplodia spp.
Tipo de patógeno: Hongo necrotrófico oportunista
Comportamiento: Endofítico; puede permanecer latente dentro de la planta y activarse bajo estrés.

¿Dónde afecta? Tallos, ramas, corona y tejido leñoso.

¿Cómo ingresa? Heridas de poda, daños por radiación solar, lesiones mecánicas, tejidos debilitados o estresados.

Condiciones que favorecen su desarrollo

Altas temperaturas, estrés hídrico, acumulación de sales, estrés nutricional, problemas radiculares y podas tardías, especialmente en verano.

Síntomas más frecuentes

Ramas secas, muerte regresiva, debilitamiento de la planta, necrosis en corona y madera, pérdida progresiva de vigor.

Factores críticos en Ica

Veranos con alta radiación y temperaturas elevadas, estrés por desuniformidad de riego en maceta, goteros tapados, podas cercanas a febrero y marzo, escaldado de brotes jóvenes.

Variedades y susceptibilidad

Mayor incidencia en materiales de bajo vigor. Variedades con brotación muy tierna o primocañas expuestas presentan mayor sensibilidad. Biloxi ha mostrado susceptibilidad en distintos campos evaluados.

 

Investigación pendiente: ajustar el manejo a la realidad de Ica

Pese al rápido crecimiento del cultivo en el valle, el conocimiento técnico aún se encuentra en proceso de ajuste a las condiciones específicas de la zona. Para Walter Apaza, uno de los principales desafíos es avanzar hacia un manejo más preciso, basado en información local. “Hay que entender mejor la dinámica del Oidium en Ica y ver en qué momento realmente genera daño”, señala.

Dado que su presencia es generalizada, refiere que el desafío está en determinar en qué niveles comienza a afectar la calidad o el rendimiento, considerando además la variabilidad entre variedades. “No todo nivel de Oidium justifica una aplicación. Hay que identificar los periodos críticos y ajustar el manejo en función de eso”, explica.

En paralelo, Apaza plantea la necesidad de avanzar en estudios sobre resistencia a fungicidas, especialmente en Oidium, donde ya se han detectado altos niveles de resistencia a ciertos ingredientes activos en zonas productoras del país.

En el caso de los hongos de madera, el reto pasa por identificar con mayor precisión las especies presentes en campo, así como entender mejor las condiciones que gatillan su activación desde su estado latente. “Habría que ver qué especies están involucradas y cómo responden a distintas condiciones de estrés. Todavía hay mucho por investigar ahí”, sostiene.

A ello se suma la evaluación de herramientas de control biológico y bioinsumos, que podrían formar parte de estrategias más sostenibles, siempre que su eficacia esté validada en condiciones locales. “Existen alternativas biológicas, pero hay que validarlas bien. No todo lo que funciona en teoría se comporta igual en campo”, precisa.

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