Industria del kiwi: cuando la sostenibilidad se vuelve productiva
El kiwi consolida su posición como superalimento e incrementa su valor en los distintos mercados objetivo. En Chile queda atrás una etapa marcada por ajustes productivos y sanitarios y nos adentramos en un nuevo ciclo donde la competitividad no se define por ventanas comerciales favorables, sino por la capacidad de sostener sistemas productivos técnicamente consistentes en el tiempo.
En las últimas temporadas, la industria del kiwi en Chile ha tenido una transformación importante respecto de sus objetivos, ya que ha estado dejando atrás una etapa que estuvo muy marcada por los ajustes productivos y sanitarios, para entrar en un nuevo ciclo, donde la competitividad no se define por ventanas comerciales favorables, sino por la capacidad de sostener sistemas productivos técnicamente consistentes en el tiempo.
En este escenario, donde el kiwi consolida su posición como superalimento (lo que ha incrementado su valor en los distintos mercados objetivo), la sostenibilidad ha dejado de ser solo un concepto para convertirse en un criterio operativo, directamente vinculado a productividad, costos y calidad exportable.
Este cambio es sumamente relevante y ha permitido pasar de ser una industria reactiva, adaptada a crisis como la PSA o a ciclos de precios, a una productiva diseñada desde su origen para ser eficiente. En esa transición, la pregunta clave ya no es cuánto producir, sino cómo producir de manera estable, rentable, replicable y perdurable en el tiempo.
En el kiwi, la sostenibilidad económica tiene un umbral claro: bajo las 25 toneladas por hectárea, el sistema pierde viabilidad, por lo cual la producción pasa a tener un rol aún más preponderante. En este contexto, el enfoque desarrollado por Abud & Cía. denominado “planta cómoda”, evidencia un principio simple, pero exigente en su ejecución: lograr que el cultivo opere sin estrés, con un equilibrio entre oferta y demanda de recursos, el cual es claro en su planteamiento, que manifiesta que a la planta se le debe entregar exactamente lo que necesita, de la forma correcta y en el momento oportuno, ya que así esta fortalece sus mecanismos de defensa naturales, permitiendo reducir el impacto químico y optimizar la sustentabilidad del huerto.
Esto implica ajustar riego, nutrición y carga frutal con un nivel de precisión que permita maximizar el potencial fisiológico del huerto. El resultado no solo se expresa en mayores rendimientos, sino también en una menor dependencia de insumos externos: una planta en equilibrio reduce su vulnerabilidad, mejora su respuesta frente a condiciones adversas y disminuye la necesidad de intervenciones químicas, configurando un sistema más eficiente desde el punto de vista productivo y ambiental.
La sostenibilidad operativa tiene implicancias prácticas concretas para quienes gestionan huertos hoy. Desde el Centro de Innovación Montefrutal (CIM) de Abud & Cía., se han validado herramientas que apuntan a producir más con menos recursos. La pulverización electrostática permite reducir a la mitad el volumen de agua en aplicaciones y disminuir potencialmente en un 30% el uso de agroquímicos, mejorando la cobertura y la precisión. A esto se suma el uso de drones para aplicaciones específicas, que no solo optimizan insumos, sino que reducen la huella operacional del sistema.
Este enfoque adquiere especial relevancia en huertos envejecidos. En plantaciones que superan los 20 años, donde la productividad tiende a caer bajo el umbral de sostenibilidad, las decisiones ya pasan a ser estructurales. La recuperación del sistema radicular —a través del acondicionamiento de los primeros 60 cm de suelo— y la reconversión del riego hacia sistemas por goteo han permitido revertir esa tendencia, con incrementos productivos que pueden alcanzar entre un 20% y un 30%, según registraron ensayos realizados por el CIM.
El equipo de Abud & Cía. ha tomado un camino claro y determinado en materia de sostenibilidad, lo que se ha visto fuertemente reflejado en términos técnicos y productivos. En materia de suelos, la incorporación de compost, micorrizas y coberturas orgánicas busca recuperar funcionalidad y reducir la dependencia de fertilización sintética, con una meta concreta: disminuir en un 20% el uso de fertilizantes químicos en cinco años.
La polinización asistida, ha pasado de ser una práctica complementaria a un estándar técnico. Su correcta implementación, ha permitido asegurar uniformidad de calibre, niveles de materia seca superiores al 16% y mejor condición de guarda. Para el mercado internacional, que exige sólidos solubles iniciales sobre 6° Brix y finales superiores a 12,5° Brix, estos parámetros ya no son diferenciales, sino condiciones de entrada.

UNA INDUSTRIA CON GRAN PROYECCIÓN
El kiwi chileno no está frente a un nuevo boom, sino ante una etapa distinta: una donde la expansión está condicionada por la capacidad de ejecutar correctamente. El desafío hacia las próximas temporadas no es simplemente aumentar superficie, sino consolidar sistemas productivos que sostengan altos niveles de rendimiento y calidad bajo condiciones cada vez más exigentes.
En ese escenario, la sostenibilidad deja de ser una ventaja competitiva y pasa a ser un requisito, ya que lo que está en juego no es solo la rentabilidad de un cultivo, sino la capacidad de la industria de posicionarse nuevamente como un actor relevante en el escenario frutícola internacional, esta vez sobre una base más precisa, más exigente y, sobre todo, más sostenible.
Si la expansión del kiwi respondió en parte a oportunidades coyunturales, hoy la evidencia es clara: no cualquier zona permite construir un proyecto competitivo en el largo plazo. El concepto de “terroir kiwícola” de Abud & Cía. sintetiza esta nueva mirada. No se trata solo de clima o suelo por separado, sino de la relación entre factores edafoclimáticos, disponibilidad y calidad hídrica, y condición sanitaria.
Bajo este criterio, las regiones de O’Higgins y del Maule se consolidan como el núcleo productivo más eficiente del país. En estas zonas, con suelos profundos, buena estructura y aguas de baja salinidad, es posible alcanzar rendimientos de entre 45 y 55 toneladas por hectárea, con estándares de calidad acordes a los mercados internacionales.
Los parámetros técnicos que definen la aptitud de estas zonas son exigentes: suelos francos a francos arenosos con al menos 80 cm efectivos de profundidad, demanda hídrica de 10.000 a 12.000 m³/ha/año, concentrada en período estival, y una conductividad eléctrica del agua inferior a 0,8 mmhos/cm.
La zonificación, en este contexto, deja de ser una recomendación y pasa a ser un filtro objetivo y decisivo, ya que definir correctamente la ubicación de un proyecto maximiza el rendimiento potencial y reduce riesgos fitosanitarios (como la PSA) y evita la necesidad de corregir limitantes estructurales a alto costo.


DISEÑANDO LOS HUERTOS DEL FUTURO
El nuevo ciclo del kiwi en Chile también se construye desde el diseño inicial de los huertos. Esto, considerando que los errores que se realizan en el establecimiento del huerto se arrastran durante toda la vida útil del proyecto. Las nuevas plantaciones apuntan a sistemas más eficientes, con parrones más altos y marcos de plantación de 4 x 2 o incluso 3,5 x 2 metros, que optimizan la interceptación de luz y facilitan la operación. El objetivo es acortar la entrada en régimen productivo y alcanzar plena producción hacia el quinto o sexto año.
En paralelo, la genética cumple un rol cada vez más determinante. El recambio hacia el Hayward Clon 8 responde a la necesidad de mejorar uniformidad, reducir descartes y enfrentar de mejor forma condiciones sanitarias complejas, además, su forma cilíndrica y mayor tolerancia a la PSA son ventajas concretas frente al Hayward tradicional.
Si bien, hoy aún no se ha identificado una manera eficiente de establecer huertos con variedades de pulpa amarilla o roja, debido a su baja tolerancia a la PSA y Verticillium, ya se están realizando pruebas con nuevos portainjertos para ver si pueden dar un mayor grado de tolerancia a estos patógenos. Por otra parte, también se están realizando ensayos con portainjertos como Bounty para permitir ampliar el rango de suelos para establecer kiwi, ya que en otras partes del mundo ha presentado buenos resultados en suelos con mayor contenido de arcilla.
Lo que hoy hace competitivo al kiwi chileno es el rigor productivo y comercial, que permite cumplir con las expectativas de los diversos mercados a los que se apunta, por eso la sostenibilidad juega un rol esencial en esta ecuación y es la clave para proyectar un futuro consolidado.
Por esta razón, la industria debe continuar posicionándose como un actor relevante en el escenario frutícola internacional, esta vez sobre una base más precisa, más exigente y, sobre todo, más sostenible.
SOSTENIBILIDAD MÁS ALLÁ DEL HUERTO
Para Abud & Cía., la sostenibilidad es un eje estratégico transversal de la compañía, y es por eso que elaboraron su Primer Reporte de Sostenibilidad 2024/2025, en el cual se observa claramente hacia dónde va esta industria: el 80% de sus campos opera con paneles solares, generando el 45% del consumo eléctrico total, y para ellos producir un kilo de fruta requiere 0,45 m³ de agua de riego. Son indicadores que, medidos bajo estándares GRI y SASB, permiten por primera vez compararse con la industria y evaluar la evolución en el tiempo.
Esa capacidad de medirse es, en sí misma, parte del cambio. Una industria que no puede cuantificar su eficiencia no puede mejorarla. Y en el kiwi chileno de hoy, donde el umbral productivo es claro y los mercados internacionales son cada vez menos tolerantes con la variabilidad, estos indicadores confirman que la sostenibilidad ya no basta con declararla, hay que demostrarla con datos.