Durante una estancia en Canadá, Alberto Bago se topó con una tecnología que sería revolucionaria: la creación de micorrizas in vitro. De vuelta a España, el investigador introdujo esta técnica como una nueva línea de trabajo que dio como resultado la que hoy por hoy es la única micorriza in vitro y en gel que existe en el planeta, cuya patente fue comprada por dos empresas, una española y otra estadounidense para comercializarla en todo el mundo. El producto ha funcionado en cultivos frutales, hortícolas y extensivos; pero Bago y su colega Custodia Cano han ido desmontando la vieja teoría de que las micorrizas tienen un amplio espectro de actuación y que servirían para todo tipo de cultivos. Ellos creen que eso no es así, porque una cepa no se desempeña de igual manera en diferentes condiciones ambientales. Inquieto, como buen científico, adelanta a Redagrícola que uno de sus próximos trabajos se orienta a establecer consorcios microbianos, empleando otros microorganismos sinérgicos en la micorriza para que puedan dar un valor añadido al inoculante.