Al servicio de la ciencia: colombianos de talla mundial
En las siguientes líneas, les presentamos cuatro historias de estos científicos colombianos que salieron del país hace ya un par de años y que hoy son reconocidos por su aporte a diferentes industrias.

Sin duda la buena imagen es también un material de exportación, genera confianza y reconocimiento internacional. Y esto lo saben muy bien algunos colombianos que han logrado trascender fronteras y que hoy, dejan un legado en el mundo de las ciencias y el agro.
Su trabajo fuera del país los ha llevado a poner el nombre de Colombia en alto, a ser reconocidos como esos compatriotas que desde un laboratorio aportan un granito de arena para ‘salvar’ el mundo. Y sí, literalmente ‘salvar’ porque su trabajo permite que ciertas plantas sobrevivan no solo a los efectos del cambio climático sino también al ataque de plagas y enfermedades que hoy ponen en vilo la biodiversidad y la seguridad alimentaria a nivel mundial.
En las siguientes líneas, les presentamos cuatro historias de estos científicos colombianos que salieron del país hace ya un par de años y que hoy son reconocidos por su aporte a diferentes industrias. Desde el enorme y fascinante reto de ‘reconstruir’ al banano Cavendish hasta la contención de una epidemia que amenazaba los cultivos en EE UU, hacen parte de estas historias.

El botánico que busca resolver los problemas del mundo con las plantas
Mauricio Diazgranados, director científico del Jardín Botánico de Nueva York
Mauricio Diazgranados recorrió miles de kilómetros desde su natal Colombia para llegar a Nueva York. Ahí llegó hace dos años para hacer historia: se convirtió en el primer director científico latinoamericano del Jardín Botánico de Nueva York, (NYBG, por sus siglas en inglés).
Su designación también significa que, por primera vez en más de un siglo de historia del ´pulmón verde del Bronx, el líder de su equipo investigador proviene de la misma región de donde han llegado gran parte de las especies en su vasta colección. De los 7,8 millones de especímenes en el herbario del NYBG, buena parte de ellos provienen de países latinoamericanos.
Estar en este cargo es un sueño cumplido. El cree firmemente que las plantas pueden salvar al mundo. No por nada, actualmente este hombre maneja una base de datos global de 50.000 plantas útiles y calcula que hay unas 100.000 más por recopilar, con las cuales se podrían resolver los problemas del mundo y de las personas que viven en él.
“Solo en América Latina debe haber unas 30.000 plantas útiles y en Colombia hemos identificado cerca de 7.400”, subraya el director científico del NYBG. De esas, 3.800 tienen un uso comestible y 5.100 un uso medicinal.
Diazgranados tiene claro que las plantas son ‘la herramienta’ para combatir los problemas que hoy en día afectan al mundo y a las personas que viven en él. “Absolutamente toda la vida que hay sobre el planeta depende de las plantas”, afirma. Por ello, desde su posición actual tiene una tarea casi titánica: pensar en cómo ellas pueden aportar soluciones para mitigar, por ejemplo, los efectos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la inseguridad alimentaria.
Y es que, mientras pareciera que nadie hace nada, al norte de Manhattan y en pleno corazón del Bronx, el colombiano Diazgranados tiene a su cargo a 120 investigadores que trabajan para conseguirlo. Desde esta institución fundada en 1891 se están ejecutando 81 proyectos de investigación, la mayor parte de ellos en países de América Latina para entender y dar cuenta del valor de las plantas. Los hay en Colombia, Perú, Brasil, México, Ecuador y Cuba.
En concreto, hay 22 investigadores senior, cada uno con un perfil diferente, que tienen a cargo la tarea de montar sus propios proyectos de investigación. Algunos trabajan con leguminosas, con plantas medicinales, con orquídeas, con helechos, con aspectos genómicos, con el secuestro de carbono o con plantas acuáticas que crecen en las cascadas.
“Siendo una institución tan poderosa en sus frentes de investigación, es muy importante que esos trabajos estén alineados para que puedan aportar de manera efectiva a dar soluciones a los problemas que afectan al planeta, pensando en que desde aquí podemos aportar soluciones basadas en plantas y hongos”, sostiene el botánico que actualmente lidera el posicionamiento estratégico y la planificación científica del NYBG. Además, dirige y supervisa las actividades de los diversos componentes del Centro Internacional de Ciencias Vegetales (IPSC).
Su amor y fascinación por los frailejones, sin duda hacen parte de su historia. Ha dedicado su vida a estudiarlos. Quizás es el que más conoce las especies que existen en países como Colombia, Ecuador y Venezuela. No por nada, fueron los frailejones en gran parte, los que lo llevaron a tomar la decisión de estudiar Biología hasta convertirse en botánico. Es experto en plantas y hongos, pero su pasión y centro de gravedad son los frailejones.
Tras terminar sus estudios en la Universidad Javeriana de Bogotá, su recorrido lo llevó por primera vez a EE UU a estudiar un doctorado y un posdoctorado en la Universidad de San Luis junto al Jardín Botánico de Missouri, a los que luego siguieron otros tres años de investigación en el Museo de Historia Natural del Smithsonian en Washington.
Ya con una sólida reputación en el mundo científico, el colombiano regresa a casa. Durante cerca de cuatro años fue director científico en el Jardín Botánico de Bogotá (Colombia) donde lideró la construcción del invernadero más grande de América Latina (Tropicario).
De allí, le ofrecieron una plaza en el Real Jardín Botánico de Kew en Londres en el 2016, donde permaneció siete años como investigador líder y donde estuvo al frente de la iniciativa de soluciones basadas en la naturaleza. Es en Londres que le llega la propuesta del Jardín de Nueva York. Después de una extensa ronda de entrevistas, el colombiano llegó a su nuevo hogar donde su trabajo no es otro que ´desentrañar los secretos que esconden las plantas’.

Una ‘acaróloga” de Colombia hasta Alemania
Diana Rueda, investigadora asociada de la Universidad de Humboldt, en Berlín
Las casualidades de la vida y los contactos llevaron a la Dra. Diana Rueda hasta donde está hoy. “Ha sido la curiosidad y el querer aprender lo que me ha llevado a estar aquí. Y en realidad es algo que me ha gustado mucho porque Alemania es la cuna de la ecología de suelos, que es la base de lo que empecé a hacer en mi pregrado”, dice esta bióloga y entomóloga colombiana que desde inicios de 2021 trabaja como investigadora asociada en el Laboratorio de Ecología de la Universidad de Humboldt, en Berlín, Alemania, donde está investigando las interacciones entre ácaros y nematodos para el control biológico, un proyecto que la ha llevado a trabajar con cultivos hortícolas producidos bajo invernaderos en Israel, en una iniciativa en la que participan investigadores del Volcani Center.
Años antes, la Dra. Rueda tenía clara la importancia de los ácaros en el control biológico y, por ello, enfocó su tesis doctoral en la Universidad de Sao Paulo, en Brasil, en investigar la diversidad de estos diminutos ácaros como depredadores en cultivos ornamentales, sobre todo en cultivos de rosas bajo invernaderos, ubicados en la Sabana de Bogotá.
En dicha investigación, la especialista logró identificar tres especies claves para realizar control biológico en ornamentales, las cuales ya se están usando en otros países. Una de estas es Gaeolaelaps aculeifer, especie que se utiliza en Países Bajos y Alemania para el control de trips, larvas de moscas y nematodos y que nunca se había reportado en Colombia. Otra especie identificada en la investigación sobre entomofauna benéfica realizada por la Dra. Rueda y, que también se utiliza en Europa, es Macrocheles robustulus, controlando las mismas plagas que G. aculeifer. La tercera especie promisoria es Parasitus bituberosus que, aunque nunca se había utilizado para el control biológico, se pudo notar que es una especia muy buena para depredar trips.
Precisamente, fue su fascinación por estos diminutos arácnidos los que la llevaron a realizar un curso en Ohio, EE UU. Cuenta que fue ahí donde conoció a Gilberto José de Moraes, quien más adelante se convertiría en su director de tesis de maestría y doctorado en la Universidad de Sao Pablo, en Brasil.
“Cuando estaba en Brasil conocí a una persona de Israel que estaba haciendo un sabático y con el mi interés de investigación fue muy parecida: ácaros y nemátodos. Empezamos a hacer proyectos juntos, algunas publicaciones”, dice, pero la historia no terminaba ahí. Diana se regresó a Colombia con el objetivo de ser investigadora en su país, pero, el destino parecía empecinarse en que estuviera por fuera.
Más adelante, ese amigo que conoció haciendo un sabático la invitó a participar en un proyecto en Alemania. “Empecé a colaborar con ellos y cuando salió la financiación me dijeron que viajara para trabajar de lleno en el proyecto y así fue como terminé en Berlín”, cuenta sobre un proceso que fue bastante rápido. En enero se presentó el proyecto y en abril del 2021 ya estaba instalada en su nuevo hogar.
Años más tarde, su principal interés sigue siendo el estudio de los ácaros depredadores del suelo, especialmente los del orden Mesostigmata. Le interesa su taxonomía, morfología, diversidad, ecología y uso práctico para el control biológico de plagas agrícolas. También estudia sobre los nematodos en suelos agrícolas como organismos importantes en las redes alimentarias o tróficas del suelo.
Actualmente, esta colombiana apasionada por el tema, está trabajando en un segundo proyecto que tendrá una duración aproximada de tres años. En este, su investigación se centra en comprender mejor las interacciones que los ácaros Mesostigmata tienen en el suelo con otros organismos como los nematodos y en intentar restaurar algunas relaciones tróficas en los agroecosistemas. “Mi investigación actual busca un enfoque de control biológico basado en la conservación”, dice sobre un proceso que ha sido más llevadero gracias a las tecnologías con las que cuentan en Alemania, algo que en Colombia resultaría un poco más complicado al ser investigaciones que requieren de mucho dinero.
“He aprendido de procesos que yo no me imaginé aprender. Por ejemplo, hacer extracción de ácidos grasos y poder verlos; etiquetar el carbono y el nitrógeno y ver a través de isótopos quien se come a quien. Son cosas que veía en los libros, pero acá cuentan con los equipos para hacerlo”, comenta esta ´acaróloga´, pues es así como ella misma se define. “Sin duda soy más ácaróloga´ que entomóloga”, dice.

Dr. Banana, un ‘rockstar’ e ‘influencer’ de la ciencia
Fernando García Bastidas, doctor en mejoramiento genético y fitopatología
El Dr. Fernando García Bastidas es un ‘rockstar’ de la ciencia. También es todo un ‘influencer’, comunicador y divulgador científico. En las más importantes redes sociales suma más de 100.000 seguidores y, si bien en un inicio comenzó a trabajar con el café, su vida profesional dio un giro de 180 grados cuando arribó a los Países Bajos y se metió de lleno en el banano. Literalmente. Porque su vida profesional y personal gira en torno a esta fruta. Hoy, es fácilmente reconocible por las calles de Wageningen sobre su Volkswagen Beatle de color amarillo. No por nada, lo llaman Dr. Banana.
Sobre su espalda pesa el enorme y fascinante reto de ‘reconstruir’ al banano Cavendish. Afincado hace más de una década en Países Bajos, este científico de origen colombiano conoce a la perfección lo que es capaz de causar el Fusarium Raza 4 Tropical, enfermedad que ha ido aniquilando miles de hectáreas de banano Cavendish en todo el planeta. Como esta variedad, Fernando García Bastidas, no es un científico cualquiera. También como Cavendish, es probablemente el investigador más ‘famoso’ en torno al banano y su trabajo es de total relevancia en tiempos en que el Cavendish podría dejar de existir.
“La susceptibilidad de Cavendish puede deberse a la coevolución que ha logrado desarrollar el hongo. Es decir, el patógeno ha encontrado la forma de burlar todos los mecanismos de resistencia y defensa de la planta”, explica el Dr. García Bastidas.
El objetivo del trabajo que el Dr. Banana está desarrollando en la firma neerlandesa KeyGene, es ‘reconstruir’ a Cavendish. “No podemos mejorarla, porque es imposible mejorar algo que es estéril, pero sí reconstruirlo”, sostiene, sobre un proceso que, para realizarlo, trabajan con sus padres en un mejoramiento clásico o reconstructivo. “Nuestro objetivo número uno es tratar de solucionar el problema que tenemos con el Fusarium Raza 4 y desarrollar una variedad mejorada, con las características de Cavendish. Adicionalmente, queremos obtener muchas más variedades resistentes, al menos diez diferentes”, cuenta sobre un desafío que no es menor. Para ello, utilizan toda la diversidad genética que existe en las musáceas.
MANEJAR, SÍ… CONTROLAR, IMPOSIBLE
Controlar totalmente a Fusarium, un hongo que habita en el suelo con estructuras de resistencia que permiten que sobreviva por más de treinta años, es una tarea casi que titánica e imposible. “Se puede manejar, sí, pero ¿controlar? No” afirma.
Su propagación ha sido rápida, fulminante y devastadora. En 2012, cuando el Dr. García Bastidas empezó su trabajo con Fusarium, la enfermedad estaba presente solo en cinco países. Hoy, una década después ya son 25. Desde que se reportase por primera vez a fines de los noventa del siglo pasado, el hongo ha ido colonizando diferentes países: Tailandia, indonesia, Malasia, China, Filipinas, Australia, Jordania, Líbano, Pakistán, Laos, Myanmar, Israel, India…
Y es que una vez este hongo está establecido en el suelo, es imposible erradicarlo, porque la movilización de maquinaria y de gente en campo puede hacer que se disperse fácilmente.
Su trabajo no es un asunto sencillo. Para lograr reconstruir esta variedad, él y su equipo están recurriendo a “todos los poderes de la tecnología del ADN” con los que cuenta en KeyGene. A partir de ahí, han venido secuenciando el ADN de los más de 150 diferentes tipos de bananos, los que han sido evaluados de acuerdo al grado de resistencia a Fusarium y también a otras enfermedades.
“Hemos secuenciado todo, algo así como crear un árbol genealógico. Y con ese árbol genealógico hemos identificado a los ancestros de Cavendish. Es decir, cuáles de ellos en algún momento de la evolución y domesticación pudieron ser los padres de esta variedad. Precisamente esos son los que queremos mejorar ya que estos son fértiles y se pueden cruzar relativamente fácil”, explica.
El siguiente paso es volver triploides a esos hijos de las mezclas que están haciendo y volverlos como Cavendish. “Es lo que llamamos mejoramiento reconstructivo”.
¿Hay una luz al final de túnel? Sí. El año pasado como parte de una iniciativa de Chiquita, KeyGene, MusaRadix y Wageningen University & Research (WUR), fue presentado Yelloway One, un nuevo híbrido triploide de banano resistente a la enfermedad fúngica raza 4 tropical (R4T) y parcialmente resistente a la sigatoka negra.
Yelloway One fue desarrollado por un equipo de científicos dirigido por el Dr. Fernando García Bastidas, de KeyGene y está próximo a ser enviado a Indonesia y Filipinas para realizar pruebas en campo.
¿Un gran logro? Sin duda. Y es que, según este experto, contar con una nueva variedad resistente a la enfermedad es la mejor estrategia. “La mejor solución es la más amigable con el medio ambiente, es decir, el control genético basado en nuevas variedades”, añade.
Además, aunque suene incluso ‘catastrófico’, si no toman las acciones necesarias el contagio de otras zonas sería inevitable. Su agresividad no da tregua con Cavendish, incluso puede llegar a afectar otras variedades. “Tarde o temprano, el Fusarium Raza 4 arribará a todas partes”, dice.

La heroína que salvó los cultivos de batata en EE UU
Dra. Lina Quesada, líder del laboratorio de fitopatología de la Universidad Estatal de Carolina del Norte
Desde su laboratorio en Carolina del Norte, EE UU, la científica colombiana Lina Quesada lideró un equipo de expertos que, en tiempo récord, logró detener un hongo mortal que amenazaba con extinguir la batata o papa dulce, un cultivo vital en la industria alimenticia estadounidense. Este logro es comparable a salvar productos esenciales en Colombia como la papa criolla o la yuca.
Esta colombiana, nacida en Bogotá ayudó a detener la epidemia conocida como la podredumbre negra de la batata. El patógeno que la causó no se veía desde 1940 y ya estaba afectando a todos los cultivos de EE UU. Hoy, gracias a su aporte es vista como la heroína que salvó la batata, un cultivo que puede llegar a una superficie de 110.000 acres.
La capacidad de reacción de la doctora Lina y su equipo permitió que encontraran el fungicida adecuado en tiempo récord para salvar estos cultivos. “Al poco tiempo de haber llegado a Carolina del Norte, empecé a notar que había bastantes muestras del hongo Ceratocystis fimbriata causante de la podredumbre negra, entonces empecé a colectar aislamientos y le pedí a un estudiante que empezara a probar fungicidas”.
Cuando la epidemia ocurrió en el 2015, varios empacadores llamaron a Lina a comentarle que todo estaba infectado, que iban a cerrar sus empacadoras porque todo estaba perdido. “Como ya habíamos hecho pruebas de fungicidas, logramos pedir un permiso de emergencia para usar el que habíamos probado en el laboratorio y que habíamos visto que era efectivo. Gracias a esto, logramos parar la epidemia en cuestión de dos, tres meses, que fue rápido. Además, logramos prevenir muchas más pérdidas y los agricultores estaban muy agradecidos con mi laboratorio”, señaló la científica y añadió que, el fungicida identificado de hecho ya se usaba en batata, pero en campo, no en poscosecha.
“Hoy la enfermedad está controlada, a menos de que el fungicida falle. Si ese fungicida falla, estaremos en problemas”, dice la científica, pero es enfática en señalar que, por ello, su laboratorio no para y continúan probando nuevos productos.
Pero su trayectoria no se queda resumida en este gran logro. La Dra. Lina estudió Microbiología y Biología en la Universidad de los Andes. Al poco tiempo, descubrió que estudiar las enfermedades de las plantas era su pasión. Hizo un doctorado en patología vegetal, en la Universidad Estatal de Michigan en donde adelantó una investigación sobre el patógeno Phytophthora capsici, que causa enfermedades destructivas en ciertos cultivos de regiones de clima templado en todo el mundo. Hacia el año 2010, realizó un postdoctorado en la misma universidad investigando sobre Poaceae y Brassicaceae (tipos de plantas herbáceas), utilizando genómica funcional y bioinformática.
Años más tarde, en el 2013 se vinculó al Departamento de Patología Vegetal de la Universidad Estatal de Carolina del Norte como profesor asistente, donde actualmente desarrolla un destacado programa de investigación centrado en estudiar las enfermedades de los cultivos de hortalizas.
“Yo llegué a Carolina del Norte hace 12 años y aquí conocí la figura de extensión. Es decir, en EE UU cuando tú eres profesor, no solamente enseñas a los estudiantes, sino que además puedes ser una persona que hace extensión e investigación para ayudar a los agricultores”, dice sobre una figura que le ha permitido tener un contacto más directo con los productores, mostrarles lo que hace en el laboratorio y cómo ellos lo pueden usar para su beneficio. Asimismo, comenta, les consulta constantemente sobre qué problemas están teniendo en sus campos y cómo ella les puede ayudar.
“Mi investigación está al servicio de los agricultores. Por eso, este concepto de extensión me encantó y creo que es lo que necesitamos en Colombia: transferir todo el conocimiento de las universidades y centros de investigación a los agricultores”, dice y agrega que, muchas de las investigaciones que realizan son financiadas por los mismos agricultores.
Incluso destaca que, la diferencia más grande entre el agricultor americano y el colombiano es que, los americanos dependen mucho en ciencia. “Todo lo hacen en colaboración con la ciencia, no dan un paso sin que alguien como yo haya probado lo que van a usar. No basta con que les digan que un producto es bueno, ellos piden datos y resultados”, destaca la experta.
Su trabajo va y viene entre la genómica y la patología molecular de plantas. En su laboratorio hacen uso de la genómica para desarrollar herramientas de diagnóstico, biovigilancia de patógenos y resistencia a fungicidas. “Por ejemplo, usamos robots o trampas de esporas, para monitorear patógenos en los campos o simplemente recibimos muestras que nos envían los productores para analizarlas y ver cuál es el problema. Basado en eso, podemos predecir qué cultivo se va a enfermar y también qué fungicida debemos utilizar para manejarlo”.
Por ello, en su laboratorio alberga cientos de hongos del mundo entero que llegan hasta sus manos para estudiarlos y evitar que acaben con diferentes especies de pepinos, lechugas, sandías y otros alimentos de gran importancia económica.
Sus hallazgos continuarán traspasando fronteras y su pasión por la patología vegetal la hará seguir siendo merecedora de especial reconocimiento.