Ica, el nuevo sur del arándano peruano
La región que transformó su paisaje agrícola durante décadas se convierte hoy en la zona de mayor crecimiento de arándanos en Perú. Con un cultivo que llegó ‘maduro’ al desierto, ya se proyecta duplicar la superficie actual en los próximos años, con inversiones locales y extranjeras, perfilando a la región como el próximo gran polo de desarrollo de esta fruta en el país.
La historia agrícola de Ica es, ante todo, la historia de una región capaz de reinventarse. Durante décadas, su paisaje fue sinónimo de algodón, que convirtieron a Ica en una de las principales zonas algodoneras del país, con una tradición que marcó su identidad productiva durante gran parte del siglo XX. Era una agricultura de valle, vinculada al agua del río Ica y a las haciendas que organizaban la vida económica de la región.
La crisis del algodón, combinada con la aparición de nuevas oportunidades exportadoras, empujó la primera gran transición. Desde fines de los años ochenta del siglo pasado, el algodón dio paso al espárrago, apareciendo además la infraestructura de frío, plantas de proceso y conexiones directas con mercados de Europa y EE UU.
El espárrago trajo consigo el modelo agroexportador, la cultura del estándar internacional y una nueva generación de empresas agroindustriales. Pero la transformación no se detuvo ahí. A mediados de los años ochenta llegaron los primeros pioneros de la uva de mesa, en condiciones que poco y nada se parecen a las actuales.
Lo que comenzó como una apuesta arriesgada se convirtió en la columna vertebral de la agricultura iqueña. Hoy, la región produce más del 50% de la uva de mesa que exporta el Perú. Tras la uva llegaron la palta Hass y los cítricos, ampliando la diversificación productiva y consolidando a Ica como una de las regiones agroexportadoras más dinámicas de América Latina.

Arándano, el capítulo más promisorio de la agricultura iqueña
El arándano es el último —y por ahora más promisorio— capítulo de esa historia de transformaciones.
Los primeros cultivos aparecieron en 2011, en Pisco, cuando Valle y Pampa se iniciaba tímidamente en la producción de esta baya de color azul. “Hemos aprendido mucho, a las buenas y a las malas”, dice Juan Pablo Bentín, gerente de producción de Family Farms Perú, el nombre que sucedió a Valle y Pampa tras la alianza con Family Tree Farms, empresa de origen californiano.
Esos años, nadie hablaba de Ica como zona de producción de arándanos. Sin embargo, quince años después, con más de 3.640 hectáreas en producción, exportaciones que crecieron 46% en la última campaña y más de 4.000 nuevas hectáreas proyectadas, el panorama es radicalmente distinto.
El paisaje que antes fue de algodón, luego de espárrago y después de uva, hoy muestra una nueva postal: kilómetros de macetas con plantas de arándano alineadas bajo el sol del desierto.
Tres zonas, un solo impulso: Pisco, Ica y Nasca
La expansión del arándano en la región no es homogénea. Hay tres zonas de producción claramente identificadas, cada una con sus propias características climáticas, hídricas y productivas, pero todas dentro del gran corredor sur que hoy concentra la atención de la industria.
Pisco fue la cuna del arándano iqueño. Es aquí donde en 2011 se instalaron los primeros campos, y es hoy donde se concentra la mayor densidad de empresas establecidas. El ‘barrio’ donde se había instalado Valle y Pampa —hoy Family Farms Perú— a cultivar granados y arándanos ha crecido con nuevos ‘inquilinos’ y ‘propietarios’ como Allpa Farms y Sur Natural, entre otros.
“La pampa de Pisco, alejada del litoral entre 15 y 25 kilómetros y ubicada a altitudes superiores a los 250 metros sobre el nivel del mar, ofrece el equilibrio de temperatura y baja humedad que el arándano requiere”, sostiene José Ignacio Rodríguez, gerente de Agronexos.
Ica propiamente tal suma también nuevos proyectos que se benefician de la infraestructura ya instalada por décadas de producción de uva de mesa: caminos internos, plantas de procesamiento, servicios logísticos y una mano de obra históricamente vinculada a la agricultura intensiva. Agrícola Don Ricardo y Proagro también fueron una de las primeras empresas que apostaron por este cultivo. Complejo Agroindustrial Beta es la ‘top 1’ en envíos y seguirá creciendo.
Sin embargo, la cercanía a los grandes viñedos también plantea el desafío sanitario más complejo de la región: la presión de plagas como Scirtothrips dorsalis y el chanchito blanco, que tienen en los campos de uva un reservorio permanente.
Nasca, el extremo sur del corredor arandanero, representa la frontera más reciente de la expansión. Las condiciones de aridez extrema, baja humedad y alta radiación solar son, si cabe, aún más favorables para el cultivo. La menor densidad productiva actual implica también menor presión de plagas y mayor disponibilidad de suelo.
“El arándano desde Pisco hasta Nasca tiene muy buenas condiciones climáticas para su establecimiento”, afirma Alberto Berardo, gerente general de Ica Blueberries. “Es un clima seco. Tenemos muchos días de sol y las temperaturas son amables para tener una planta con un buen desarrollo”.

Una industria que llegó madura a Ica
El crecimiento del arándano en Ica no responde únicamente a las ventajas climáticas. Hay un factor que los diferentes actores de este negocio destacan: a esta región llegó una industria ya madura, con el conocimiento acumulado de quince años de producción en el norte del país y las lecciones bien aprendidas, muchas veces a costos altos, por los ‘pioneros’ del norte.
“En Ica están todos los programas de mejoramiento genético”, afirma Juan Ignacio Rodríguez. “Eso hace que los campos, además de la ventaja climática, tengan el conocimiento de una industria madura y también de la tecnología necesaria para el cultivo. El cambio climático post-Niño de 2023 ha desajustado la producción en el norte. Desde ese evento Ica se mantuvo estable, tanto en el volumen de producción como en la ventana de comercialización”.
El contraste con lo que ocurrió en La Libertad y Lambayeque tras el Fenómeno El Niño de 2023 fue determinante. Mientras el norte enfrentaba desajustes productivos y complicaciones en sus ventanas comerciales, Ica —con su clima estable— no sufrió las mismas disrupciones.
Ese episodio aceleró la migración de capitales e interés hacia el sur. “Sé de empresas trujillanas que están explorando la posibilidad de producir aquí”, cuenta Alberto Berardo.
A esto se suma que la tecnología de producción en maceta con fibra de coco, el uso de ósmosis inversa para el tratamiento de agua de pozo, y la disponibilidad de variedades de última generación son hoy realidades accesibles para quien invierte en Ica, algo que los primeros productores del norte no tuvieron.Así, el arándano iqueño nació, en cierto modo, sabiendo ya caminar.
El clima como factor estratégico
La ventaja climática de Ica no es solo una percepción: es un dato técnico que los productores miden con precisión y gestionan con sofisticación creciente. La combinación de alta radiación solar, temperaturas que oscilan entre los 15 y los 25 grados centígrados, y una humedad relativa que en la mayor parte del año se mantiene por debajo del 70%, crea condiciones que favorecen el desarrollo vegetativo de la planta, la diferenciación de yemas florales y la calidad organoléptica de la fruta.
Pero el clima también está cambiando. “Hemos visto cambios climáticos que no los esperábamos tan seguidos. Es importante estar monitoreando”, advierte Delia Crispín, gerente de arándanos de Agrícola Don Ricardo. Su empresa ha instalado estaciones meteorológicas en los distintos microclimas de sus unidades productivas para ajustar en tiempo real las estrategias de riego, detectar puntos de quiebre en el estado hídrico de la planta y anticipar episodios de estrés.
“Gracias a las estaciones podemos modificar las estrategias de riego, podemos usar porómetros o cámaras de presión de Scholander que nos permiten identificar puntos de quiebre en los momentos específicos”.
Juan Pablo Bentín, de Family Farms Perú, confirma la misma experiencia: “Hemos aprendido de lo que ocurrió en 2013 y en 2017. Hemos aprendido a adaptarnos a la genética, pero además se trata de tener una alta capacidad de recopilar data del campo, porque gracias a eso nos podemos adaptar a diferentes situaciones. La poda la movemos de acuerdo al estrés térmico y de radiación”.
Uno de los eventos climáticos más desafiantes para los productores de arándanos en Pisco son los vientos Paracas, que entre agosto y octubre pueden deshidratar la fruta, quemar brotes tiernos y depositar arena fina en la corola de las flores.
“Tienes que tener un backup de mecanización porque los vientos Paracas obligan al lavado de la canopia la misma semana en que ocurre el evento”, describe Rodríguez, de Sur Natural. El protocolo en estas empresas incluye pasadas dobles de detergente y posterior lavado con agua limpia, todo en un margen de tiempo muy estrecho.
“La salinidad del viento puede además provocar un estrés osmótico en la fruta: la deshidrata, quema brotes tiernos y afecta la calidad final”, precisa Rodríguez.
Una respuesta tardía puede significar pérdidas significativas de producción exportable. El clima iqueño favorece también una dinámica productiva que sorprende incluso a quienes llevan años en la industria. “Plantas que pusimos el 20 de octubre del año pasado, en la última semana de abril de este año ya se están cosechando. Increíble”, comentaba Darío Núñez, gerente general de Uvica, a Redagrícola, que en su primera campaña de arándanos observa cómo plantas de apenas 100 días de campo presentan hasta once cargadores frutales, cuando las proyecciones iniciales apuntaban a siete.
La velocidad del ciclo productivo —de la plantación a la primera cosecha en menos de seis meses— es una de las características más valoradas por los nuevos inversores que llegan al sur.

Nuevos proyectos: la apuesta del capital fresco
El dinamismo de Ica no se explica solo por las empresas que llevan años operando. Una parte sustancial del crecimiento proyectado viene de nuevas inversiones que están ingresando al cultivo por primera vez, atraídas precisamente por las ventajas que la región ofrece a quien llega con tecnología de punta y genética de última generación.
Uvica es uno de los ejemplos más recientes. La empresa, con una sólida trayectoria en uva de mesa, inició su primera campaña comercial de arándanos con 51 hectáreas de la variedad Eureka Sunrise en la zona de Ica, apostando por un socio comercial y varietal —Family Tree— que le garantiza programa de comercialización desde el primer año.
“La extensión final del proyecto me lo va a decir el campo”, dice Darío Núñez, con la cautela del agricultor experimentado. Pero los primeros datos son elocuentes: sus proyecciones iniciales de 12 t/ha apuntan hoy a alcanzar las 20 t/ha, gracias al comportamiento excepcional de las plantas en las condiciones de la pampa iqueña.
Ica Blueberries es otro ejemplo. La empresa, creada por inversores estadounidenses que eligieron Ica tras enamorarse de la zona, completó en 2025 su recambio varietal desde Biloxi hacia la FCM14057 de Fall Creek, obteniendo en su primera cosecha con la nueva variedad calibres superiores a 18 mm y rendimientos de 2,6 kg/planta que ya apuntan a 4 kg en la temporada en curso.
“Fue bastante demandada y nos quedamos cortos”, reconoce su gerente, Alberto Berardo, describiendo la acogida comercial de la variedad.
Vanguard ha desarrollado un proyecto de 550 hectáreas en la zona de Pisco, mientras empresas como Surexport —POB Pacific Ocean Berries— y Osiris Plant también han ingresado a la zona con proyectos de escala.
“El barrio donde estamos ha crecido mucho. Y le resta aún por crecer, porque hay mucho interés en esta zona”, describe José Ignacio Rodríguez.
La consultora Agronexos, creada precisamente para acompañar a estos nuevos inversores, da cuenta de la magnitud del interés:
“Quien quiere entrar al negocio hoy debe tener la espalda financiera, el acceso a la genética y el conocimiento del cultivo y la industria, que es muy competitiva”, explica Rodríguez, quien además de Sur Natural dirige este servicio de consultoría que acompaña proyectos desde la prefactibilidad hasta la operación comercial.
Los proyectos típicos que hoy se asesoran tienen entre 30 y 50 hectáreas, y los errores más frecuentes que detectan son campos diseñados para suelo pero instalados como si fuera hidroponía, o equipos de fertirrigación inadecuados para maceta.
“Si quieres garantizar flujos de aquí a 10 años debes tener claro qué variedad usarás, qué formato emplearás, qué sustrato usarás para garantizarlo”, advierte.

Nuevas variedades: el requisito no negociable
Si hay una lección que los productores más avanzados de Ica transmiten con insistencia a quienes ingresan al cultivo, es esta: un proyecto de arándanos que comience hoy no puede hacerlo con variedades tradicionales. Es decir, hoy en día el recambio varietal no es una opción estratégica; es una condición de viabilidad.
“Como empresa, llegamos a compartir en el mismo campo la Biloxi con las nuevas variedades, y en todo aspecto nos dimos cuenta que no era sostenible continuar con ella, por tres temas concretos: acceso a los mercados, costos de operación y atracción de mano de obra”, describe Juan Pablo Bentín.
La decisión fue eliminar completamente la Biloxi y operar hoy 600 hectáreas bajo variedades MBO. “Hoy contemplamos recambio de variedades en 4 o 5 años más”.
José Antonio Gómez, con quince años de experiencia en la comercialización de arándanos y otros tantos como CEO de Camposol, cargo que ocupó hasta mediados de 2024, aporta la perspectiva de mercado, desde el punto de vista de las variedades licenciadas, que según cuenta ya representan el 51% de la producción peruana.
“Mi recomendación es pisar el acelerador. Esta transición no durará más de 48 a 60 meses. Genética disponible, vivero disponible y capital para hacer esa transformación. El éxito dependerá de ejecutar rápidamente el recambio varietal más que del manejo agronómico”, explica, con un argumento tanto productivo como comercial.
“Desde el punto de vista del campo, las nuevas variedades presentan costos de cosecha significativamente menores —un factor que Gómez identifica como el indicador agronómico más importante—, mejor comportamiento de poscosecha, mayores calibres y mayor uniformidad. Si tengo Biloxi con 15 t/ha con un costo de cosecha de US$2, pero tengo una variedad nueva, que produce más y un costo de cosecha es de US$0,75, no hay nada que le compita eso”, explica.
Desde el punto de vista comercial, los supermercados de destino —especialmente en mercados exigentes como China y Europa— ya están definiendo sus estándares en torno a estas nuevas variedades.
“Un productor que llegue a esos mercados con fruta de variedades tradicionales enfrenta no solo un diferencial de precio, sino la posibilidad de quedar fuera del programa”, advierte Gómez.
En Ica, las variedades que marcan el presente son Mágica, la más cultivada, con 659 ha, seguida de Eureka, con 622 ha, y Sekoya Pop, con 528 ha. Mientras que variedades tradicionales como Ventura, con 360 ha, y Biloxi, con 178 ha, aún marcan el rumbo, aunque la segunda está bajando su hectareaje.
Las que marcan el futuro son Sharper, de la Universidad de Florida, con primeras plantaciones comerciales ya en la zona; Eureka Sunrise, elegida por Uvica para su ingreso al cultivo; y otras en evaluación por las empresas agroexportadoras en ‘test plots’ al interior de sus campos.
“Tenemos 15 variedades de distintos programas de mejoramiento. A cada una le damos tres años de prueba antes de una decisión comercial”, explica Crispín, de Don Ricardo. “Al haber tanto nos da cierta cautela para ver qué se acomoda más a nuestro modelo de negocio”.

Tecnología: el campo como sistema de precisión
Al arribar a Ica un cultivo ‘maduro’, con un conocimiento adquirido tras más de una década de desarrollo en el norte, los huertos destacan por su intensidad tecnológica.
Lejos de la imagen del campo tradicional, las operaciones arandaneras de la región funcionan hoy como sistemas de producción de alta precisión, donde cada variable —agua, nutrición, sanidad, cosecha, poscosecha— es monitoreada, registrada y optimizada con herramientas que combinan ingeniería, biología y datos.
El sistema de producción en maceta con sustrato de fibra de coco es hoy el estándar dominante, dejando atrás las mezclas de sustratos. Frente al cultivo en suelo, la maceta ofrece control total sobre la nutrición y el estado hídrico de la planta, reduce la huella de agua —con consumos de 8.000 m³/ha/año frente a los mayores requerimientos del suelo—, facilita el manejo fitosanitario y permite renovar el sustrato sin la necesidad de reconversión completa del campo.
“La uniformidad de riego con coco es mejor”, explica Delia Crispín, quien cuenta que en Agrícola Don Ricardo aún mantienen huertos con un sustrato propio que llamaron ‘Sustrato ADR’, una mezcla de coco, perlita y otros componentes, cuyo comportamiento diferenciado en términos de macroporos exige una estrategia de riego específica.
La ósmosis inversa es hoy una infraestructura básica en un huerto de arándanos, sobre todo en Ica, donde gran parte de la producción agrícola depende de las aguas subterráneas que, en muchos casos, presenta concentraciones de sales incompatibles con el arándano sin tratamiento previo.
“Sabemos que el cultivo es sensible a las sales, y desde un primer momento concebimos el proyecto con una planta de ósmosis”, cuenta Alberto Berardo.
Hay empresas como Agrícola Don Ricardo que, en toda la operación, incluyendo la superficie de uva de mesa, tienen más de 40 pozos. Aquellos que están en los huertos de arándanos, el agua se obtiene desde los 50 metros de profundidad hasta los 80 metros.
El monitoreo de las condiciones de campo se hace mediante estaciones meteorológicas distribuidas en los distintos microclimas de cada unidad productiva. Los datos de temperatura, humedad relativa, velocidad del viento y radiación solar alimentan modelos de decisión agronómica que determinan cuándo podar, cómo ajustar el riego o cuándo aplicar bioestimulantes.
En el plano sanitario, el monitoreo es continuo. Las trampas cromotrópicas para trips, el seguimiento de poblaciones de chanchito blanco y los programas de aplicación calendarizada de agentes biológicos —Trichoderma viridium, Trichoderma harzianum, Bacillus subtilis y Bacillus thuringiensis— conviven con aplicaciones químicas rotativas para evitar la resistencia.
“Por ejemplo, para el control de S. dorsalis, tenemos un programa fitosanitario de aplicación cada siete días, donde usamos productos químicos y biológicos y tenemos trampas de monitoreos, sobre todo para la variedad FC 14057, que ha demostrado ser la más susceptible a la plaga entre las otras variedades que manejamos”, describe Delia Crispín.
En Agrícola Don Ricardo no dejan nada al azar. Y, por ejemplo, la polinización se gestiona como un servicio de precisión. “Nuestro número máximo es 8 colmenas/ha y empezamos la temporada con 1 colmena/ha. La cantidad está relacionada con el número de flores que vamos teniendo”, explica Crispín.
La densidad de colmenas se ajusta semana a semana en función de la fenología del cultivo, combinando apicultores locales con empresas especializadas que suministran colmenas de calidad certificada.
El próximo salto tecnológico está en la inteligencia artificial aplicada a la predicción de cosecha. “El tema de predicción de cosechas es importantísimo porque impacta en todas las áreas de negocio. Estamos buscando tecnología para restar lo intenso de la recopilación de datos en campo, que sea consistente y eficiente”, señala Bentín.
Y es que la curva de cosecha semanal es la que determina la planificación de la campaña completa: logística de transporte, contratación de mano de obra, coordinación de túneles de frío y programación de despachos.
Una predicción precisa —saber con anticipación cuánto se cosechará cada semana, de qué calibre será esa fruta y con qué calidad— puede representar una ventaja competitiva decisiva.
“Hoy en día, aplicando IA es posible saber qué volumen tendremos, de qué calibre e incluso en qué países esa fruta se venderá al mejor precio”, anticipa José Antonio Gómez.
Las empresas establecidas también crecen
El dinamismo de Ica no se explica solo por los nuevos entrantes. Las empresas que llevan años operando en la región están también en plena fase de expansión, consolidando y ampliando sus operaciones sobre la base del conocimiento acumulado.
Agrícola Don Ricardo es el caso más representativo. Pionera en la región con trayectoria previa en uva de mesa, palta y cítricos, la empresa cuenta hoy con 320 hectáreas de arándanos en cinco unidades productivas.
Pero lo que define su momento actual no es solo la superficie, sino la profundidad de su estrategia: maneja tres variedades comerciales activas, tiene en evaluación 15 materiales genéticos y apuesta por extender progresivamente su ventana de cosecha.
“Siempre buscamos crecer de manera orgánica. Si crecemos es por la zona”, dice Crispín, cuya empresa requiere 3.500 personas en campaña y opera con tecnología de gestión de datos que traslada directamente las lecciones aprendidas en uva de mesa.
“En ADR siempre generamos data de todos nuestros procesos. Eso pasó de la uva al arándano, con información de todo nivel, incluida la calidad y la gestión humana”.
Family Farms Perú trabaja con cinco variedades Eureka y mantiene un área de I+D en estrecha colaboración con los mejoradores de MBO.
“Agronómicamente hay que valorar siempre. Hoy hay ciertos aspectos para tener una fruta u otra”, dice Bentín, quien ya proyecta nuevos recambios varietales en un horizonte de cuatro a cinco años.
Sur Natural, la única empresa de la zona con producción 100% orgánica certificada, acaba de completar su cuarta campaña en Pisco y tiene 70 hectáreas operativas, con posibilidades de ampliar sobre un campo de 1.400 hectáreas en el que actualmente arrienda una fracción.
Tras abandonar su primera ubicación en Chincha —donde las condiciones de humedad hacían inviable la producción orgánica—, la empresa encontró en la pampa de Pisco el entorno adecuado para su modelo.
“Los resultados nos han permitido ampliar más áreas con nueva genética”, señala Rodríguez. Con Ventura como base y nuevas variedades como la FCM14057, ya tienen en evaluación a Colossus y Sharper, ambas de la Universidad de Florida, en la búsqueda de una variedad con la cual ampliar el portafolio varietal y que, además, les permita avanzar hacia una producción orgánica durante todo el año.

Los desafíos del crecimiento: agua, mano de obra y sanidad
El entusiasmo que genera Ica no puede disociarse de los desafíos estructurales que ese crecimiento plantea. Tres son los que concentran mayor preocupación entre los productores consultados. El agua es el más crítico, dependiendo en mayor medida de los acuíferos subterráneos que en varios sectores ya están bajo línea de veda. Con más de 4.000 nuevas hectáreas proyectadas, la presión sobre los recursos hídricos será considerable.
El modelo de maceta con sustrato de fibra de coco reduce el consumo respecto al suelo, pero no elimina la dependencia del agua de pozo. “Dentro de la línea de veda de agua es un factor limitante para el crecimiento. Es una buena zona en términos hídricos, no tenemos acceso al agua de río y solo tenemos agua de pozo de buena calidad, con ósmosis inversa”, reconoce Bentín.
La mano de obra es el segundo cuello de botella, ante una gran superficie nueva proyecta, y donde Ica ya compite consigo misma, y con sus producciones de uva de mesa —que ocupa al grueso de la fuerza laboral agrícola de la región— coincide en determinadas fechas con el arándano, generando una presión intensa sobre la disponibilidad de trabajadores.
“Hoy necesitamos 5.000 personas y 10.000 en tres años más, que va de la mano del crecimiento de la superficie en la misma zona”, proyecta Bentín.
El paralelismo con lo que ocurrió en Chavimochic es recurrente en las conversaciones de los productores: “Cuando creció Casma y Olmos nos preguntábamos de dónde sacarían la gente. Tendremos que traer gente de lejos, con proyectos habitacionales”, analiza Bentín.
La fidelización del personal ya es una prioridad estratégica.“Buscamos estrategias que nos permitan fidelizar al personal para trabajar con nosotros”, confirma Crispín, sobre un tema que no es menor cuando se proyecta un crecimiento de 4.000 hectáreas, que supone contar con una mano de obra de, al menos, 40.000 personas.
La presión sanitaria que traerá la concentración de superficie es el tercer desafío. La proximidad de campos de arándanos con extensas áreas de uva de mesa —principal reservorio de ciertas plagas— es una preocupación creciente. “Al trips le gusta la uva y se pasa al campo de arándanos”, describe Crispín.
El chanchito blanco, plaga cuarentenaria que puede comprometer el acceso a mercados clave, es el otro frente permanente. “Solo en nuestra zona habrá 5.000 hectáreas y desde el punto de vista sanitario eso traerá otros problemas. Será importante un manejo sanitario de importancia”, advierte Bentín.
El arándano y el modelo de negocio: más allá de la finca
Los productores de Ica más avanzados están redefiniendo lo que significa ser competitivo en la industria del arándano. Cada vez más, la ventaja no está solo en el rendimiento del campo, sino en el control del modelo de negocio completo: desde la genética hasta el canal de distribución.
“Ya no es tanto qué pongo en mi finca y me olvido. Sino entender todo el canal: finca, logística, royalties, cómo vendo mi variedad, con quién me estoy casando al comprarle la genética a alguien”, resume José Antonio Gómez.
La elección de un programa varietal implica hoy un contrato que determinará los términos comerciales por los siguientes años: quién captura el diferencial de precio de una variedad premium, cómo se comparte la compresión de precios entre productor y dueño de la genética, qué obligaciones de destino y volumen se asumen. “Controlar la genética define quién captura el valor real. Ser dueño de lo ‘premium’ es muy diferente a ser licenciatario de lo ‘premium’”.
Delia Crispín, de Agrícola Don Ricardo, lo traduce en términos operativos: “Consideramos que es importante identificar una buena variedad, pero apuntamos más a un modelo de negocio que consolide la marca, el destino y un programa sólido de venta”.
Y es que la fruta que llega bien al destino es la que sostiene relaciones comerciales de largo plazo. Y en los campos que tienen en Ica, eso empieza en el momento mismo de la cosecha: “El monitoreo desde cosecha hasta que la fruta entra al túnel de frío es constante. Lo máximo son dos horas desde que se cosecha hasta que la ponemos en frío”.
Para Darío Núñez de Uvica, la decisión de asociarse comercialmente con Family Tree en su primera temporada responde exactamente a esa lógica: antes de abrir un frente comercial propio, consolida experiencia.
“Primero consolidémonos, aprendamos, y luego vemos. Un programa como el de Family Tree puede ofrecer las 52 semanas del año con la misma variedad, coordinando producción en Australia, México, Perú y Chile. Para un cliente, probablemente sea más conveniente negociar con ellos que con un productor que solo tiene fruta seis meses al año”, analiza.
En agricultura, concluye Núñez con la certeza de quien lleva 25 años en el sector, “el negocio se confirma cuando tienes el dinero en la mano”. Pero si las proyecciones de Ica se sostienen, ese dinero tiene cada vez más probabilidades de llegar de la mano del arándano. Porque en el desierto sur del Perú, el campo que fue blanco de algodón, verde de espárrago y dorado de uva está aprendiendo a dar azul.