La importancia de aplicar tempranamente calcio al suelo
La cereza chilena vive su momento más desafiante: después de una década de expansión, la última temporada estuvo marcada por una disminución en los precios de venta. Hoy la competitividad de la industria exige fruta de buen calibre, firme, de excelente condición y con el mayor aprovechamiento de los recursos disponibles. En este escenario, el calcio es un aliado estratégico en la fisiología del fruto, al ser determinante en su textura y vida de postcosecha.
En la última década, el cerezo se ha transformado en el frutal más relevante de la fruticultura chilena, alcanzando más de 76 mil hectáreas plantadas (ODEPA, 2025) y con una dependencia exportadora marcada hacia China, que concentra más del 90% de los envíos (Muñoz, 2025).
Sin embargo, en la última temporada los retornos a productor sufrieron una fuerte caída debido a una sobreoferta relativa y la mayor exigencia del mercado por fruta de alta calidad. Escenario en que se hace imprescindible mejorar la eficiencia en el uso de los recursos y, al mismo tiempo, asegurar atributos de calidad que permitan diferenciar la fruta y sostener precios competitivos.
Entre los principales atributos, la textura de la pulpa es crítica, tanto por la preferencia de los consumidores como por su estrecha relación con la resistencia a daño mecánico, la tolerancia al transporte prolongado y la incidencia de pudriciones en postcosecha.
La textura de la fruta está determinada en gran medida por la estructura y dinámica de la pared celular, donde el calcio cumple un rol esencial.
Este catión no solo participa en procesos fisiológicos fundamentales como la señalización y la integridad de membranas, sino que también estabiliza las pectinas de la lámina media mediante la formación de enlaces tipo “caja de huevos”, que confieren rigidez y reducen la pérdida de cohesión celular.
En consecuencia, una adecuada acumulación de calcio en el fruto puede retardar el ablandamiento, incrementar la vida útil y aumentar la proporción de fruta exportable.
Si bien se han realizado numerosas investigaciones sobre aplicaciones foliares o inmersiones poscosecha con soluciones ricas en calcio, los resultados son inconsistentes y, en muchos casos, limitados en su impacto sobre la calidad final. Mucho menos explorado ha sido el efecto de aplicaciones al suelo en etapas tempranas del desarrollo del fruto, cuando la tasa de transpiración y, por ende, el flujo de calcio hacia los tejidos en formación, son mayores.
El presente artículo pretende analizar las variables que definen el éxito potencial de las aplicaciones tempranas de calcio al suelo para mejorar la firmeza y la condición de la fruta a cosecha y en postcosecha, aportando a la sustentabilidad técnica y económica de la industria en un contexto de alta competencia internacional.
¿CÓMO SE ACUMULA EL CALCIO EN LA FRUTA?
Los frutales absorben calcio desde la solución del suelo como Ca²+, cuyo ingreso a la raíz ocurre principalmente por flujo de masas asociado al movimiento del agua. Una vez en la rizosfera, el calcio puede movilizarse hacia el xilema por la vía apoplástica, simplástica o por ambas. Sin embargo, el transporte preferente de calcio ocurre por el apoplasto, cuyo flujo es directamente dependiente de la transpiración de la parte aérea de las plantas (White, 2001).
En el interior del árbol, el calcio se desplaza casi exclusivamente a través del xilema, y consecuentemente su acumulación en los distintos órganos está determinada por la intensidad transpiratoria de ellos. Esta, a su vez, depende de la superficie foliar y de la densidad estomática de cada órgano (Winkler y Knoche, 2019).
Consecuentemente, las hojas acumulan mayores concentraciones de Ca durante la temporada en comparación con los frutos, dada su mayor tasa de transpiración.
No obstante, durante el desarrollo del fruto existe una ventana crítica para la acumulación de este catión, que se ubica entre la cuaja hasta aproximadamente 15-20 días después de plena flor (DDPF) para la cereza (Winkler et al., 2020); 30 DDPF para el kiwi (Montanaro et al., 2015); 40 DDPF para la palta (White, 1990), y 25 DDPF para el damasco (Montanaro et al., 2010), periodo en que la transpiración del fruto alcanza su máximo (Figura 1).

Una vez que los frutos superan esta fase crítica, la funcionalidad del xilema disminuye drásticamente y el efecto de dilución reduce la concentración de Ca, limitando la ventana efectiva de acumulación a unas pocas semanas, dependiendo de la especie y la zona de cultivo.
En efecto, en un estudio realizado en damasco por Montanaro et al. (2010), los resultados demostraron que más del 83% del contenido total de calcio en el fruto se acumuló durante las primeras cuatro semanas posteriores a la cuaja, con la mayor tasa de acumulación en las primeras dos semanas. Asimismo, la entrada de calcio cesó de manera concomitante con la reducción de la transpiración.
Este estudio concluyó que la transpiración del fruto es responsable de más del 60% del calcio total que ingresa al fruto durante la temporada, y sugiere que una disponibilidad óptima de calcio en el suelo y su distribución hacia los frutos durante las primeras semanas de crecimiento son esenciales para promover la acumulación de este nutriente en los frutos.
En contraste, en zonas con primaveras frías, alta humedad relativa y cielos nublados prolongados se minimiza la transpiración de los frutos y se incrementan las probabilidades de obtener fruta blanda. Un efecto similar podría inducir la presencia de techos durante las primeras semanas después de la cuaja, ya que estos suelen incrementar
la humedad relativa del ambiente, y con ello reducen la transpiración de la fruta en los períodos críticos de acumulación de calcio.
Por lo tanto, el manejo del calcio en el cerezo requiere de una integración precisa de fertilización temprana, comprensión de la fisiología del fruto y adaptación a las condiciones ambientales, con el objetivo de producir fruta firme, de alta calidad y adecuada para exportación.
ESTRATEGIAS PARA INCREMENTAR LA FIRMEZA MEDIANTE APLICACIONES DE CALCIO AL SUELO
Desde el punto de vista agronómico, la aplicación de calcio al suelo temprano en la temporada den directamente de la disponibilidad de este catión para estabilizar las pectinas y conferir rigidez estructural. La síntesis y el transporte de auxinas, particularmente ácido indolacético (AIA), son elevados en este período y podrían actuar como señal fisiológica que promueve la movilización de calcio hacia los frutos y otros órganos en desarrollo activo. Sobre esta base fisiológica se diseñó un ensayo en nectarinas variedad Andes Nec 3, que presenta una cierta
tendencia al ablandamiento.
El tratamiento combinó la aplicación de 20 unidades de calcio (10 en prefloración y 10 en postcuaja) junto con la auxina sintética 2,4-DP (75 mg L-¹) aplicada en la fase de 80% de caída de pétalos.

Los resultados obtenidos, indican que la suma de ambas estrategias mejoró significativamente la firmeza de los frutos (Cuadro 1) y redujo la harinosidad tras el almacenaje en frío más tres días a 22 °C (Figura 1) (Quintanilla et al., 2025). Para evaluar la consistencia de estos resultados, se implementaron los mismos tratamientos en ciruelas Sweet Pekeetah durante la temporada 2023-2024, donde tanto el calcio, el fitorregulador y la combinación de ambos incrementaron la firmeza respecto al control (Cuadro 2).

Estos hallazgos no solo confirman la importancia de un adecuado suministro de calcio en etapas tempranas, sino que además evidencian el potencial de las auxinas como herramienta fisiológica para direccionar y potenciar su partición hacia la fruta. Sin embargo, se requieren más estudios en especies frutales para comprender los mecanismos fisiológicos que explican estos resultados y para optimizar el manejo de esta técnica para su implementación en huertos frutales.
¿SERÁ NECESARIO APLICAR CALCIO AL SUELO CONSIDERANDO QUE LOS SUELOS Y LAS AGUAS DE CHILE CENTRAL SON RICOS EN ESTE ION?
Un cuestionamiento parcialmente frecuente en la industria es si realmente resulta necesario aplicar calcio al suelo para mejorar la firmeza de la fruta, considerando los siguientes tres argumentos: (1) la mayoría de los suelos de la zona central de Chile poseen altas concentraciones de calcio, (2) muchas de las aguas de riego también contienen cantidades importantes de este nutriente, y (3) la fruta acumula, en términos absolutos, relativamente poco calcio si se compara con otros cationes como K+ o Mg2+.
Estos razonamientos no carecen de fundamento, sin embargo, la evidencia empírica y científica sugiere que la respuesta es afirmativa: sí se requiere una estrategia de fertilización cálcica dirigida específicamente a la fruta.
La razón es fisiológica y agronómica a la vez. Durante un período muy acotado -desde la cuaja hasta que el fruto alcanza 5-8 mm de diámetro en el ce rezo- es imprescindible generar un líquido xilemático extraordinariamente rico en calcio, capaz de sostener los intensos procesos de división celular y deposición de pared celular que determinan la textura y firmeza de la cereza.
En condiciones naturales, el calcio disponible en el suelo podría ser suficiente para cubrir los requerimientos fisiológicos básicos del árbol, pero probablemente no es suficiente para construir la “superfruta” que exige la fruticultura moderna: una cereza capaz de mantener su firmeza, resistir un viaje prolongado hacia mercados distantes como China, y exhibirse en las góndolas de los mercados con un estándar de calidad igual o superior al de la fruta producida en regiones más cercanas a los centros de consumo.
En este contexto, la fertilización cálcica al suelo no debe entenderse únicamente como un aporte nutricional, sino como una herramienta estratégica para modificar la concentración del calcio en el flujo xilemático durante la ventana crítica de acumulación.
Este enfoque, basado en la fisiología de transporte del mineral, permite trascender las condiciones “naturales” de nutrición del árbol y orientar el metabolismo hacia la obtención de fruta de alta firmeza y prolongada vida de poscosecha, atributos indispensables en el escenario competitivo actual.
En dicho contexto, ¿20 o 30 kg de calcio serán suficientes para incrementar la disponibilidad de calcio en el suelo? Para responder a esta pregunta, podemos hacer el siguiente ejercicio: si un suelo de la zona central tiene 10 meq/100 g de calcio intercambiable (una concentración categorizada como alta) y tiene una densidad aparente de 1,4 g/cm³, debería tener una concentración de 2,8 g/L de calcio intercambiable.
Asumiendo que las raíces de un árbol colonizan activamente unos 100 L de suelo, cada árbol tiene alrededor de 280 g de calcio intercambiable en el suelo que es colonizado por sus raíces. Ahora bien, aunque el suelo pueda tener una gran reserva de calcio, solo una pequeña parte está realmente disuelta en el agua del suelo y disponible para la raíz en un momento dado. Según Mengel y Kirkby (2001), esa cantidad suele ser del orden de 20 a 100 mg por litro de agua, incluso en suelos bien provistos de calcio.
Esto significa que la mayor parte del calcio está “guardado” en el complejo de intercambio del suelo, y se va liberando poco a poco conforme las raíces lo consumen. Tal como explican Weil y Brady (2017), lo importante es que existe un equilibrio dinámico: conforme la solución se “vacía”, esta se “repone” desde la reserva, que son los sitios de intercambio. En números simples, Sparks (2003) señala que en la mayor parte de los suelos agrícolas apenas un 1% del calcio total intercambiable está en la solución en todo momento.
Esto sugiere que la planta nunca accede a todo el calcio de golpe, sino que lo recibe a través de un flujo continuo que depende de la humedad, la conductividad eléctrica y de la capacidad del suelo para reponer la solución.
Una aplicación de 30 kg/ha de calcio elemental al suelo equivale a 30 gramos de calcio por árbol para un huerto de 1000 árboles/ha. En base a los conceptos descritos anteriormente, y considerando que el objetivo de las aplicaciones de calcio al suelo es incrementar la concentración del calcio que está en la solución, es una cantidad que seguramente eleva de manera importante la concentración natural de calcio en la solución de un suelo, aun cuando este es muy rico en calcio.
APLICACIONES TEMPRANAS DE CALCIO: ROL DEL DÉFICIT DE PRESIÓN DE VAPOR, LA TEMPERATURA DEL SUELO Y LA TRANSPIRACIÓN EN PRIMAVERA
En la producción de cerezas, otro tema recurrente es la eficiencia o ineficiencia de las aplicaciones de calcio al suelo realizadas entre septiembre y octubre. Algunos profesionales del agro argumentan que, en ese periodo, las bajas temperaturas del suelo limitan la actividad radical y, por ende, la absorción de calcio, haciendo que la fertilización sea ineficiente.
Sin embargo, la fisiología vegetal indica que uno de los motores principales que impulsan el transporte de calcio desde la raíz hacia los frutos en desarrollo no es únicamente la temperatura edáfica, sino el déficit de presión de vapor del aire (DPV), es decir, la diferencia de presión de vapor entre la superficie evaporante (flores, frutos recién cuajados) y el aire circundante. Así, el DPV es determinante porque regula de manera importante la transpiración, y por ende el flujo de agua que constituye el vehículo principal del calcio hacia los frutos. En tal contexto, los valores de DPV podrían clasificarse de la siguiente manera:
• DPV óptimo: 0,8 – 1,5 kPa. Permite un flujo transpiratorio sostenido, favoreciendo la llegada de calcio a los frutos en crecimiento.
• DPV muy bajo: < 0,5 kPa. Indica atmósfera húmeda, la transpiración se ve restringida y la movilización de calcio se reduce.
• DPV muy alto: > 1,8 kPa. Refleja aire muy seco, que provoca cierre estomático y limita la transpiración y el transporte de nutrientes.
Para ilustrar la relevancia práctica de este fenómeno, consideremos un ejemplo concreto de la zona de Graneros, región de O´Higgins, Chile. Según AGROMET (Ministerio de Agricultura de Chile), el 15 de septiembre de 2024 a las 13:30 h, la temperatura del aire alcanzaba 22,2 °C y la humedad relativa era del 30% (Figura 3). Al proyectar estos datos en una carta psicrométrica, se obtiene un DPV de 1,4 kPa, valor que se encuentra dentro del rango óptimo de transpiración.


Esto demuestra que, durante la primavera temprana —etapas de floración, cuaja y postcuaja— las condiciones atmosféricas pueden ser suficientemente favorables para que los frutos pequeños experimenten una transpiración efectiva, movilizando el calcio hacia su interior. Sin embargo, es necesario evaluar estas variables en cada zona productiva, con el propósito de comprender con datos objetivos si los árboles están transpirando o no en un momento dado.
Otra de las objeciones que con frecuencia se plantean respecto a la aplicación temprana de calcio en frutales es la ineficiencia de hacerlo en primavera, ya que en septiembre-octubre el suelo aún se podría estar demasiado frío para favorecer un crecimiento radical activo y, por lo tanto, una adecuada absorción de calcio.
Sin embargo, los registros instrumentales muestran que esta percepción no necesariamente se condice con la realidad. Según la base de datos del INIA (2024) para Chimbarongo —zona representativa de la producción de cerezas en Chile—, entre el 15 de septiembre de 2024 y el 15 de octubre de 2025 las temperaturas bajo los 10 cm alcanzaron valores mínimos que oscilaron entre 10 y 12 °C, mientras que la media se situó consistente- mente en torno a los 15 °C, y en distintos momentos las máximas superaron los 20 °C (Figura 4).

Dichos rangos son compatibles con la reactivación metabólica de las raíces y con procesos de absorción de nutrientes esenciales, incluido el calcio. A esto se suma que, de acuerdo con la misma analítica, por debajo de los 40 cm la temperatura del suelo se mantiene estable en 15 °C a lo largo de todo el año, proporcionando un ambiente uniforme para el funcionamiento del sistema radical más profundo.
En consecuencia, y en términos generales, los suelos de la zona central en esta etapa fenológica no se encontrarían en condiciones limitantes tan extremas como suele asumirse, y más bien ofrecen un escenario adecuado para que las aplicaciones tempranas de calcio contribuyan al abastecimiento del nutriente en tejidos en crecimiento, donde su incorporación estructural resulta crítica para el desarrollo y la calidad de la fruta. Nuevamente, y también para esta variable, es necesario evaluar cada zona productiva con datos objetivos para verificar las condiciones térmicas bajos las cuales se encuentran las raíces en primavera.
¿Y QUÉ HAY DE LAS RESERVAS DE CALCIO?
Un aspecto poco discutido en la nutrición cálcica de frutales es el papel de las reservas de calcio presentes en la madera frutal y en estructuras perennes. Algunos antecedentes experimentales muestran que la concentración de calcio en la corteza disminuye progresivamente desde la ruptura de yemas (Mason y Whitfield, 1960), mientras que en paralelo se observa una elevada concentración de calcio en los vasos del xilema al inicio de la temporada de crecimiento (Wieneke, 1969; Ferguson y Turner, 1981).
Este comportamiento resulta particularmente lógico en especies caducas que florecen antes de emitir brotes, ya que la demanda inicial de calcio no podría ser satisfecha exclusivamente por absorción radical temprana.
Hoy se conoce que el calcio se puede almacenar en forma de oxalato de calcio (CaOx) en la madera, cuya síntesis proviene del ascorbato, y que además existen enzimas específicas res- ponsables de la degradación de estos cristales cuando el nutriente se requiere nuevamente para funciones metabólicas, tales como la enzima oxalato oxidasa.
Sin embargo, aún persisten algunas preguntas relevantes: ¿dónde se localiza principalmente este CaOx que podría alimentar a los frutos tempranamente? Una hipótesis plausible es que se encuentre en la madera frutal —dardos, ramillas y ramas madres—, estructuras que cumplen un rol clave como órganos de reserva y soporte.
En cuanto a su formación, se postula que el CaOx se acumula de manera concomitante con los procesos de transpiración: el calcio, transportado en la corriente del xilema, precipitaría como oxalato en tejidos que presentan elevada actividad estomática.
Bajo dicha hipótesis, es posible plantear que el momento crítico para la acumulación de estas reservas sería durante la diferenciación de dardos y ramillas, mientras dichas estructuras se mantienen verdes y con estomas funcionales. Una vez lignificadas, la transpiración se reduce de forma drástica y la capacidad de seguir acumulando calcio en forma de oxalato se vería limitada.
Tales preguntas fundamentales para el diseño de una estrategia de manejo de nutrición cálcica con miras a favorecer la acumulación de calcio en órganos de reserva están siendo abordadas por nuestro grupo de investigación en la actualidad, por lo que esperamos levantar información prontamente para mejorar las prácticas de fertilización cálcica de los fruticultores.