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Según Roberto Bezerra, asesor internacional

“Tenemos un buen motor, pero no sabemos si hay gasolina”

El rumbo de la campaña de uva de mesa en Piura se definirá en las próximas semanas, cuando comience a observarse la evolución de los primeros brotes y formación de racimos. El atraso en las podas y la reducción del periodo de reposo fisiológico —consecuencias directas del estrés hídrico provocado por la restricción de agua— podrían influir en el resultado final. Aún está por evaluarse si las plantas cuentan con las reservas necesarias —o la gasolina, como menciona en esta nota el asesor técnico especialista en uva de mesa, Roberto Bezerra— para completar el ciclo productivo con una cosecha de calidad.

10 de Julio 2025 Marienella Ortiz
“Tenemos un buen motor, pero no sabemos si hay gasolina”

Aunque los campos de uva de mesa en Piura muestran actualmente una buena fertilidad y un vigor que, en algunos casos, supera al de campañas anteriores, el verdadero desenlace de la temporada aún se jugará en las próximas semanas. Queda por ver si la brotación será lo suficientemente vigorosa y si la planta podrá sostener una cosecha de calidad, tras los atrasos en la poda de formación y, consecuentemente, la reducción del período de reposo, una fase clave para la acumulación de reservas energéticas. A pesar de ese contexto, el asesor técnico en uva de mesa, Roberto Bezerra, se muestra optimista: “Veo una planta bonita, bien estructurada, y tengo mucha esperanza en esta campaña”.

El ciclo natural de la vid en esta zona contempla un período de un mínimo de 180 días. De ese total, al menos 30 o 40 días están destinados a una fase crucial: la planta detiene su crecimiento vegetativo, entra en una especie de reposo y comienza a redirigir su energía hacia la acumulación de reservas en forma de almidón, arginina y otros compuestos esenciales. Esta etapa no es visible a simple vista, pero es decisiva: allí se carga el “combustible” que utilizará en la siguiente campaña para brotar, crecer y desarrollar racimos.

Este año, sin embargo, el ciclo se reducirá a unos 165 días, según comenta el experto. La diferencia de dos semanas podría parecer menor, pero en realidad significa un recorte importante en la fase de almacenamiento de reservas. Lamentablemente, el atraso en las podas por falta de agua y la necesidad de no salirse de la ventana comercial en que los productores exportan su fruta, los estaría obligando a que esos 30 o 40 días destinados a la acumulación de energía, lo reduzcan a solo 25 días o menos, lo cual limita puede complicar la capacidad de la planta de enfrentar con éxito la fase de brotación. “No se trata de perder solo unos 15 días. El problema es que los 30 o 40 días que normalmente se usan para acumular reservas han quedado reducidos a 25 o incluso menos en algunas áreas”, explica el asesor técnico con experiencia en campos de Rapel y Camposol, Roberto Bezerra.

Esta situación pone en duda la capacidad de la planta para sostener su curva de crecimiento de forma estable. En particular, podría haber un mayor riesgo de corrimiento de flores, menor cuaja y reducción del número o tamaño de racimos, sobre todo en áreas donde las reservas no alcanzaron niveles óptimos. Por eso, muchos técnicos siguen de cerca la brotación para tomar decisiones ajustadas durante la fase de floración y amarre.

Por ahora, el balance técnico es positivo. Las plantas muestran alta fertilidad, brotes vigorosos y buena estructura. Pero el desenlace aún dependerá de lo que ocurra en las próximas semanas. “Tenemos un buen motor, pero no sabemos si tenemos suficiente gasolina”, resume Bezerra.

LA CAMPAÑA QUE EMPEZÓ CON UN DESAFÍO HÍDRICO

Todo comenzó en el segundo semestre de 2024, cuando la sequía en la región se intensificó a niveles que no se preveían. La represa de Poechos no pudo abastecer por aproximadamente 70 días con agua a los campos agrícolas de la región. El riego se hizo con el agua de pozos o con la almacenada en el caso de los campos que tenían sus propios reservorios, y cuando esta se agotó, no hubo condiciones para realizar la poda de formación en noviembre, como es habitual. Esta labor cultural se pudo recién realizar a mediados de enero cuando regresó el agua.

“La campaña pasada tuvimos que terminar con la poca agua que teníamos. Luego, no hubo suficiente para hacer la poda de formación a tiempo. Solo fue posible retomarla en enero, cuando se normalizó el abastecimiento”, recuerda Bezerra.

Previo a la reposición del agua, las plantas no solo dejaron de ser regadas sino que fueron expuestas a agua con alta conductividad eléctrica. Según comenta Bezerra, el agua disponible era de baja calidad: provenía de pozos con conductividad eléctrica superior a los 20 o incluso 30 milisiemens por centímetro, valores que superan ampliamente los niveles tolerables para un cultivo como la vid. “Llegamos a regar con agua con cinco o seis veces más sal que lo normal”, añade el asesor.

En esas condiciones, una práctica habitual como la fertirrigación dejó de ser viable. “Normalmente aplicamos los nutrientes a través del riego, pero en esta ocasión agregar fertilizantes era impensable”, comenta Bezerra. “Estábamos en un punto en que el suelo ya no podía soportar más carga salina. Si echábamos nitrato de calcio, sulfato de potasio o cualquier otro fertilizante, eso solo agravaría la situación”.

El exceso de sales, tanto tóxicas como incluso aquellas con valor nutricional, puede alterar el equilibrio osmótico de la planta, impidiendo la absorción de agua y provocando síntomas de deshidratación, explica.

La salinidad del agua obligó a suspender la fertirrigación y reemplazarla por aplicaciones foliares con bioestimulantes para recuperar raíces.

EFECTOS DE LA SEQUIA HÍDRICA

La restricción en los riegos y el uso de agua de baja calidad trajo como consecuencia efectos visibles en las plantas: reducción de diámetro en cargadores, pérdida de hojas, oxidación de tejido y deshidratación general. En algunos lotes, menos del 20% del follaje seguía activo, recuerda el asesor. Justamente, uno de los momentos más críticos durante la etapa de estrés hídrico fue la pérdida drástica de hojas en varias parcelas. Según relata Bezerra, en algunos campos se registró una caída tan severa del follaje que menos del 20% de las hojas activas permanecían en la planta. Este umbral, según el asesor, representa un punto de no retorno desde el punto de vista fisiológico.

“Con solo un 20% de hojas activas, la planta ya no tiene capacidad fotosintética real. No puede producir los azúcares ni los compuestos necesarios para sostenerse, mucho menos para acumular reservas o iniciar un ciclo productivo. En esos casos, no había otra opción que podar inmediatamente”, explica. El estrés también se tradujo en un aumento de enfermedades, especialmente de madera como Lasiodiplodia.

ESTRATEGIAS DE RECUPERACIÓN: RESPUESTAS RÁPIDAS Y BIOESTIMULACIÓN

Pese a este panorama crítico, los equipos de campo actuaron con rapidez. “Fue una gran tarea colectiva. La gente de operaciones, logística, calidad, todos se movilizaron para conseguir productos nuevos que ayudaran a la recuperación de las plantas”, resalta Bezerra.

Ante la imposibilidad de fertirrigar, el manejo se centró en aplicaciones foliares y tratamientos con bioestimulantes. Se recurrió a aminoácidos específicos con efecto antiestrés, glicina betaína, algas marinas del tipo Ascophyllum nodosum, precursores hormonales y protectores de raíces. “La idea fue desintoxicar e hidratar la planta. Donde había hojas, se pudo aplicar todo eso y la respuesta fue impresionante. Tuvimos un clima que ayudó: sol, sin lluvias fuertes, y temperaturas dentro de lo manejable. Las plantas respondieron muy bien”, comenta. Según sus estimaciones, más del 95% de las áreas lograron recuperarse por completo. “Incluso hay zonas con más vigor que en campañas normales. Pero repito, ese no es el único factor. La planta necesita tiempo para prepararse. Y eso nos faltó”, agrega.

LOGÍSTICA, COSECHA Y MERCADO: LAS OTRAS TENSIONES

El desfase en la poda generará también un desfase en la cosecha, pero Piura no puede extender demasiado su calendario sin arriesgarse a las lluvias de enero o febrero. Esto implica una “concentración de labores” en menos semanas, lo que presionará la disponibilidad de mano de obra, y un posible pico de fruta exportable entre noviembre y comienzos de diciembre.

“Vamos a tener más cosecha concentrada en pocas semanas, lo que también puede presionar al mercado. Ya el año pasado tuvimos que buscar gente más lejos, y si se necesitan 15% o 20% más personal, eso implica mayor costo y menor eficiencia, pues toma tiempo enseñar estas labores”, indica Bezerra.

En el ámbito comercial, también hay preocupación por cómo recibirá el mercado una fruta que podría salir levemente fuera de calendario. “Cuando el cliente ve fruta de Piura fuera de las semanas esperadas, puede desconfiar. El mercado ‘lee’ esas cosas y hay que ser muy cuidadoso”, refiere. Con las primeras brotaciones y floraciones, en todo caso, se comenzará a delinear la verdadera curva de esta campaña.

El reto de la mano de obra

Uno de los efectos colaterales del atraso en las podas será la concentración de labores agrícolas en un periodo más corto de lo habitual. Este fenómeno no solo presiona los tiempos operativos, sino que genera una demanda adicional de mano de obra calificada, en una región donde el personal especializado es limitado y su formación requiere tiempo, según refiere el asesor Roberto Bezerra. “En algunas semanas vamos a necesitar entre un 15% y 20% más de operarios de campo. Y eso no es algo que se resuelve de un día para otro”, advierte Bezerra. “No es solo cuestión de cantidad, sino de calidad. El personal que realiza labores como poda, raleo o manejo de canopia debe estar capacitado, conocer el cultivo y actuar con precisión”.

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