“La maceta te independiza del suelo, pero no del ambiente”
Fernando Diez analiza por qué el éxito del arándano en maceta depende menos de la receta y más de entender cómo la planta responde al ambiente, al agua y al manejo. En la entrevista aborda además decisiones estructurales clave —como el volumen de sustrato, la calidad del agua y el control del medio radicular— que hoy definen la productividad y viabilidad económica de los proyectos.
Con más de 30 años vinculado al cultivo del arándano, el asesor internacional Fernando Diez ha sido testigo directo de la evolución genética, técnica y comercial de este cultivo a nivel global y ha sido protagonista de su desarrollo en Perú y el mundo. Su acercamiento al cultivo se inicia en Chile, de la mano de su mentor, el Dr. Ruperto Hepp Gallo, pionero en el establecimiento del cultivo, y se consolida tempranamente a través de ensayos varietales y pruebas de adaptación en zonas más extremas, como el norte chileno. Esa experiencia le permitió anticipar el potencial del arándano como cultivo global y comprender desde temprano que el manejo en maceta abriría la posibilidad de producirlo en prácticamente cualquier geografía, incluida la peruana.
Fernando Diez llegó a Perú hace unos 16 años, en los inicios de la expansión del arándano, cuando gran parte del manejo aún se construía de manera intuitiva. Hoy, vinculado a grandes grupos como Camposol y asesorando proyectos emergentes, su foco está puesto en el control del estrés abiótico y en la bioestimulación como factores clave para enfrentar escenarios climáticos cada vez más erráticos. En esta entrevista profundiza en su visión sobre el cultivo en maceta y el uso de sustratos como bases estructurales para construir proyectos de arándano productivos, estables y rentables en el Perú.

¿Cuándo comienzas a involucrarte con el arándano en Perú?
Las primeras veces que vine a Perú fue hace cerca de 16 años. En ese momento me invitaron empresas ligadas a nutrición y bioestimulación, para observar lo que se estaba haciendo y dar opinión técnica. El foco ya estaba puesto en Trujillo, donde se empezó a masificar el cultivo en el país. Me llevaban para aportar con mi experiencia, para preguntarme si eso tenía lógica, si iba bien encaminado o si había riesgos que todavía no se estaban viendo.
¿Confiaste en ese primer desarrollo del arándano peruano?
Creí desde el inicio, entendiendo que el camino iba a ser complejo y que se iban a cometer muchos errores. Perú iba muy rápido, con una expansión brutal, casi como subirse a un micro a toda velocidad, con todo lo bueno y todo lo malo que eso implica. Pero también veía algo muy claro: había un mercado que pedía arándanos y Perú tenía las condiciones para responder a esa demanda. En realidad, cuando empecé a trabajar en maceta entendí que, resolviendo bien el sistema radicular, el arándano podía desarrollarse prácticamente en cualquier parte del mundo. Además, Perú ya estaba en la uva de mesa, en la que habían logrado romper los ciclos productivos que conocíamos. Entonces, si pudieron crecer con un frutal leñoso, caduco y mucho más complejo como es la uva de mesa, ¿por qué no se iba a poder con un arbusto? Por ese razonamiento vi todo claramente y entendí que aquí se podía producir un desarrollo muy grande. Y eso es, finalmente, lo que hoy vemos en el mundo del arándano.
Densidad de plantación: el equilibrio entre retorno y fisiología
El aumento de densidad en arándano se ha instalado como una estrategia para acelerar retornos, pero no está exento de riesgos. Desde una mirada técnica, la densidad no solo define el número de plantas por hectárea, sino la forma en que el huerto distribuye la luz, ventila su follaje y reparte energía. “El principal error es pensar que más plantas siempre significan más kilos”, advierte Fernando Diez. Densidades excesivas generan sombreamiento interno, competencia radicular y un desbalance entre crecimiento vegetativo y productivo, que muchas veces se intenta corregir con podas agresivas. Para Diez, la densidad debe definirse considerando variedad, vigor, sistema de conducción, suelo o volumen de maceta y ambiente climático. En términos generales, rangos entre 4.000 y 5.000 plantas por hectárea permiten un mejor equilibrio entre productividad, calidad y longevidad del huerto, siempre que la estructura esté bien diseñada desde el inicio.
El éxito depende de un diseño preciso del sistema
El cultivo en maceta ha permitido superar las limitantes de suelo en distintas zonas productivas, pero su éxito depende de un diseño preciso del sistema, explica el experto.
¿El cultivo en maceta permite independizarse completamente del suelo y replicar proyectos similares en distintas zonas?
El cultivo en maceta efectivamente te independiza del suelo, y eso es una ventaja enorme. Pero de ahí a pensar que se pueden diseñar dos proyectos iguales en distintas zonas, con la misma densidad, el mismo volumen de sustrato y el mismo tipo de sustrato, yo creo que es un error. La maceta no es una solución técnica única ni estándar. Muchas veces se habla de la fibra de coco como si fuera la solución, y sin duda es un muy buen sustrato. Pero incluso dentro de la fibra de coco hay que empezar a preguntarse cuál es la mejor solución según la localización, el agroclima y, sobre todo, la disponibilidad de agua. Ni siquiera estoy hablando todavía de variedades; estoy hablando de ambiente. Tomemos el caso de Sinaloa, en México. Ahí uno podría decir que la fibra de coco funciona bien, y es cierto, pero funciona bien porque hay abundancia de agua. Son sistemas diseñados para trabajar con altos drenajes, del orden del 25% al 40%. Eso implica consumos de agua cercanos a los 14.000 metros cúbicos por hectárea al año. En ese contexto, es viable. Pero cuando te mueves a zonas más restrictivas, donde el agua no sobra y el estrés ambiental es mayor, el enfoque tiene que cambiar. Yo he visto zonas con Déficit de Presión de Vapor (DPV) cercanos a 6 kilopascales, algo que no he visto en ninguna otra parte del mundo. Son condiciones extremadamente duras para producir arándanos.

¿Cómo cambia ahí la elección del sustrato y el diseño del sistema?
Ahí entran dos variables clave. La primera es la retención de agua. Si tienes un agua químicamente limpia, sin problemas de salinidad, puedes permitirte trabajar con sustratos que retengan más humedad y reducir el drenaje. En vez de trabajar con un 25% o 40% de drenaje, puedes bajar a un 10% o 15%. Eso ya significa un ahorro importante de agua y, por supuesto, de nutrientes. La segunda variable es el volumen de sustrato. En zonas críticas, para mí es un error trabajar con plantas muy vigorosas en volúmenes pequeños. No puedes pretender manejar una planta aérea grande, sometida a alto estrés térmico y ambiental, con 29 litros de sustrato. La regulación hormonal y la termorregulación de la planta dependen directamente del volumen radicular disponible. A mayor nivel de estrés ambiental, mayor debería ser el volumen de sustrato. En esas condiciones, una maceta de 29 litros simplemente no es capaz de sostener el sistema. En cambio, cuando te vas a volúmenes de 50 litros, el comportamiento de la planta cambia completamente. La planta se mantiene mucho más estable, más tranquila, y puede manejar mejor el estrés.
Nutrición, energía y calidad de fruta
El manejo nutricional del arándano solo es efectivo cuando está alineado con la energía disponible en la planta. “De nada sirve tener un programa nutricional muy completo si la planta no tiene energía para absorber y utilizar esos nutrientes”, advierte Fernando Diez. Un exceso de nitrógeno puede estimular crecimiento vegetativo, pero a costa de la calidad de fruta, mientras que un manejo oportuno de potasio favorece la acumulación de azúcares y la firmeza. El fósforo, en tanto, cumple un rol clave en el desarrollo radicular y en la transferencia de energía dentro de la planta. Esa sincronía se refleja directamente en la poscosecha: una fruta formada en una planta equilibrada presenta mejor estructura celular y mayor resistencia al transporte. Como resume Diez, “la poscosecha se construye en el campo, no en el packing”.
El rol de la maceta en proyectos de arándano de alta exigencia productiva
En la evaluación de la rentabilidad del arándano en maceta, la decisión no pasa solo por el sistema productivo, sino por la expectativa comercial, las condiciones de suelo y la capacidad del proyecto para expresar su potencial, explica el asesor.
¿Por qué se ha disparado el cultivo en maceta en el caso del arándano?
Al principio, el desarrollo de la maceta partió de manera muy tenue, incluso con ciertos resquemores. No estaba claro si era realmente un sistema al que valiera la pena apostar. Pero el escenario productivo de países como Perú, con esquemas de crecimiento tan acelerados y expectativas comerciales tan altas, terminó empujando este modelo. Ahora, también hay que hacer una distinción importante. No todos los proyectos ni todas las zonas justifican el uso de maceta. Al final, todo pasa por la expectativa comercial del proyecto. En el caso de Perú, con los volúmenes y la rapidez con que se busca producir, la maceta se transforma en un muy buen actor para capturar ese potencial, sobre todo, porque muchas veces las condiciones de suelo son extremadamente complejas; en muchos casos hablamos prácticamente de arena. Y manejar altas expectativas productivas sobre un suelo así es muy difícil. Entonces uno se empieza a preguntar: ¿qué potencialidad quiero sacarle a este proyecto?, ¿qué rentabilidad espero?, ¿qué me permite el suelo —o el sustrato— y qué no? Si el clima te ofrece buenas condiciones, pero el suelo no te permite expresar ese potencial productivo, el proyecto tiene que irse a maceta. Ahí no hay mucha vuelta.
¿Y cómo ves el enfoque de los obtentores de variedades frente al cultivo en maceta?
Cada vez más lo están incorporando. Al principio no era un objetivo claro, pero hoy, con la expansión de sistemas intensivos y con países que producen bajo condiciones muy distintas, el cultivo en maceta empieza a ser una variable real dentro de los programas de selección. No todas las variedades se comportan igual en maceta. Hay genéticas que responden mejor que otras, y eso también empieza a marcar una escala. Lo importante es entender que ni la maceta ni el suelo son soluciones universales. Son herramientas. Y como toda herramienta, su valor depende del contexto, del ambiente y del objetivo productivo que se quiera alcanzar.
Reciclar el agua de riego se vuelve una necesidad
La evolución de los sistemas productivos en arándano apunta claramente hacia el reciclaje del agua. “Ese es el mundo que viene”, señala Fernando Diez, a partir de experiencias en proyectos donde se recupera el drenaje con nutrientes, se parametriza su retorno y se ajusta la solución para reincorporarla al sistema. Si bien se trata de una inversión mayor, responde a una realidad ineludible: la disponibilidad de agua. Para Diez, perder hasta un 40% del agua aplicada —4.000 m³ por hectárea en sistemas de 10.000 m³— ya no es aceptable. En ese escenario, la eficiencia hídrica deja de ser una opción y pasa a ser parte estructural del diseño productivo. “La sostenibilidad no puede quedar fuera de la ecuación”, enfatiza.
El sustrato y su relación con la vida útil del proyecto
La mayor oferta de sustratos y contenedores ha cambiado la ecuación técnica y económica del arándano en maceta. Sin embargo, la elección del material, su estabilidad en el tiempo, el volumen y la calidad del sustrato siguen siendo factores críticos que pueden definir el éxito o el colapso temprano de un proyecto productivo.
Antes se discutía mucho más sobre alternativas de sustrato —lana de roca, perlita, mezclas— y hoy pareciera que todo decantó en fibra de coco. ¿Por qué?
Detrás de eso hay mucha historia. Yo me involucré en muchos de esos ensayos cuando partí, especialmente por la necesidad de producir arándanos en zonas donde simplemente no había suelo. En el norte de Chile, por ejemplo, en zonas como Ovalle, no había condiciones ni químicas ni físicas para el cultivo. Muchos proyectos partieron y murieron rápidamente. Eso nos obligó a pensar: si no disponemos de un suelo apto, hay que crear una condición física de suelo donde el arándano pueda desarrollarse. Y ahí se probó de todo: aserrines, mezclas, cascarilla de arroz —que en Perú fue una solución válida para iniciar proyectos en su momento—. Y funcionó mientras el sistema no exigía tanta eficiencia. El problema es que cuando usas un sustrato, necesitas que sus condiciones físicas sean estables en el tiempo. Idealmente, que duren al menos diez años. Y eso no ocurrió con muchos de esos materiales. A los tres o cinco años empezaban los problemas: degradación, compactación, formación de canales preferentes de agua, pérdida de estructura. El movimiento del agua dentro de la maceta cambiaba completamente y el sistema se desordenaba. En la práctica, estabas comprando algo que se destruía muy rápido.
¿Qué encontró entonces la industria en la fibra de coco?
Estabilidad. Una estabilidad física muy superior. Con el desarrollo técnico de los proveedores —mejorando granulometría, tratamientos, control de salinidad— se logró un material mucho más estable en el tiempo. La fibra de coco tiene una mayor proporción de lignina, hemicelulosa y celulosa, lo que la hace mucho menos degradable que otros materiales. No es que sea perfecta, las composiciones pueden discutirse, pero estructuralmente es lo más estable que existe hoy en el mercado. En la práctica, estás comprando un “suelo estructurado” con una macro y microporosidad bastante predecible. Además, el costo bajó. Hace cinco o siete años era impagable para muchos. Hoy es una solución mucho más accesible, y eso terminó de inclinar la balanza.
¿La oferta actual de fibra de coco es homogénea? ¿El productor sabe realmente lo que está comprando?
La industria ha avanzado muchísimo. Hoy los fabricantes entienden que la fibra debe venir tratada, con baja conductividad, baja salinidad, buena aireación. Muchos entregan fichas técnicas detalladas: agua fácilmente aprovechable, porosidad, volumen de aire, retención hídrica. El desafío hoy es aprender a leer esos análisis. Porque si no se saben interpretar, se pueden cometer errores graves.

¿Tiene sentido pensar en volúmenes grandes, como 50 litros, desde el inicio del proyecto?
Sí, siempre que el proyecto lo permita. El volumen de sustrato está definido por la agresividad de la variedad, el vigor de la planta y, sobre todo, por las condiciones ambientales donde va a trabajar. Mientras más complejo sea el ambiente, más volumen necesitas para que la planta pueda autorregularse. Un volumen mayor te da más estabilidad térmica, hídrica y hormonal. Incluso cuando la fibra se degrada —porque todas se degradan, especialmente con mal manejo— un volumen grande sigue dejando un espacio funcional para la raíz. En volúmenes pequeños, ese problema aparece mucho antes y de forma mucho más severa.
Hubo mucha discusión sobre los tipos de maceta. ¿Eso también se ha decantado?
Sí. Antes había una oferta enorme y poco clara. Hoy entendemos mucho mejor los efectos del material y del color de la maceta. Por ejemplo, las macetas negras de polipropileno pueden alcanzar temperaturas sobre los 55 °C en la periferia. En esas condiciones, las raíces simplemente mueren. Por eso se ha avanzado en cobertores blancos, materiales con mayor intercambio gaseoso, mejor ventilación y mayor capacidad de disipar calor. En zonas como Piura, donde la temperatura del sustrato puede superar fácilmente los 50 °C, esto no es un detalle menor. Si estás trabajando con 40 o 50 litros de sustrato y pierdes diez litros funcionales por estrés térmico, eso es dinero perdido y capacidad productiva que desaparece. Además, todo ese estrés térmico genera señales hormonales que muchas veces van en sentido contrario a lo que tú necesitas en una determinada fenología. Puedes estar estimulando ácido abscísico cuando necesitas auxinas o citoquininas. La planta se defenderá, pero no alcanzará el objetivo productivo.
Finalmente, el costo sigue siendo un punto crítico a la hora de decidir materias y sistemas.
Sin duda. El costo siempre está sobre la mesa. Como técnico, uno tiene que ser capaz de mostrarle al cliente los pros y los contras de cada decisión. Optimizar técnicamente un sistema cambia completamente los números del proyecto. Muchas veces la gerencia corta por costos y deja de lado ciertas variables técnicas. Eso pasa. El desafío está en demostrar que, en muchos casos, una mayor inversión inicial es la única forma de evitar problemas estructurales que después son mucho más caros de corregir.