El campo colombiano es también energía
Desde el año 2005, se han producido en Colombia 1.848 millones de galones de bioetanol que han sustituido más de 1.172 millones de galones de gasolina, evitando la emisión de 9 millones de toneladas de CO2eq.
Cuando se habla de transición energética en Colombia, el debate suele girar en torno a paneles solares, hidrógeno o buses eléctricos. Y claro que todo eso importa. La movilidad eléctrica es una pieza clave del futuro urbano. Pero Colombia no es solo Bogotá, Medellín o Cali. Es también Guacarí, Pradera, La Unión, Miranda. Es un país de regiones rurales donde, por años (y por muchos años más) el motor de combustión interna seguirá siendo la norma. Allí, el bioetanol de caña no es una promesa suelta o dormida: es la alternativa real, disponible y sostenible.
Desde 2005, se han producido en Colombia 1.848 millones de galones de bioetanol que han sustituido más de 1.172 millones de galones de gasolina, evitando la emisión de 9 millones de toneladas de CO2eq. Un logro ambiental y también social, pues este sector genera más de 286 mil empleos totales, de los cuales 116 mil son directos, asimismo, dinamiza más de 50 municipios de tres departamentos y consolida un clúster de agroenergía y alimentos únicos en América Latina.
Todo esto se enmarca en una lógica de economía circular. Cada litro de bioetanol se produce con trazabilidad, asistencia técnica al 100 % de los productores agrícolas, manejo eficiente del recurso hídrico y transformación de subproductos en biofertilizantes ricos en potasio, que hoy reemplazan insumos químicos que antes eran importados. Pero también es restauración ecológica: el sector protege las fuentes de agua a través de la conservación activa de 26 cuencas hidrográficas estratégicas, impulsada por el Fondo de Agua por la Vida y la Sostenibilidad.
Aún con estos resultados, el programa de bioetanol tiene espacio para consolidarse como un verdadero pilar de la transición energética del país. Contar con reglas claras y contratos estables entre productores y distribuidores de combustibles no solo fortalece la cadena de valor, sino que genera la seguridad jurídica necesaria para activar inversiones de largo plazo y abrir nuevas oportunidades para el desarrollo rural y la sostenibilidad.
Esas oportunidades las podemos mirar hacia adelante, augurando un potencial mayor. La caña de azúcar (una verdadera planta solar natural) puede ser la base para producir biometano y combustible sostenible de aviación o SAF (Sustainable Aviation Fuel). Solo con las vinazas de la destilación del bioetanol podríamos generar hasta 80 millones de metros cúbicos de biometano al año. Este gas verde, limpio y renovable podría inyectarse a la red de distribución de gas domiciliario o destinarse al transporte, especialmente en vehículos de carga y transporte público que ya operan con gas natural vehicular.
Y al llegar al tope de nuestra capacidad actual, también podríamos mirar al cielo: con el bioetanol disponible hoy, el país tendría el potencial de producir SAF que cubriría hasta el 15 % de la demanda nacional de combustible aéreo al 2035, si se mezcla en un 10 % con el jet fuel tradicional, como lo indica la Hoja de Ruta de Aerocivil. Pero para alcanzar esas metas se requiere incorporar a los procesos actuales tecnologías como Alcohol-to-jet y biodigestores con sus sistemas de purificación.
Por eso es clave promover el desarrollo de otras fuentes no convencionales de energía, como el biometano y el SAF, que he mencionado en este texto. Estos proyectos podrán ser una realidad si se habilitan beneficios tributarios como las deducciones en renta, la exclusión de IVA y la depreciación acelerada. Se trata de que los incentivos contemplados en la Ley 1715 de 2014 apliquen no solo al biogás destinado a la generación de electricidad, sino también a usos estratégicos como el transporte, el gas domiciliario y la aviación. Para ello, se requiere una reforma legal que amplíe expresamente su alcance.
Hoy producimos bioenergía, cogeneramos electricidad con biomasa, fabricamos biofertilizantes y reducimos emisiones. Pero podríamos hacer mucho más. Colombia no tiene que inventar soluciones desde cero: muchas ya están en marcha en el campo. Solo falta cosecharlas con visión, voluntad y reglas estables.
Porque la energía del futuro no solo vendrá del sol y el viento. También puede venir de la tierra, del trabajo rural, y de una caña que no solo endulza: también enciende el motor de una transición energética más limpia y más nuestra.
