Del sustrato importado predominante a una industria local emergente
La fibra de coco pasó, en poco más de una década, de ser un complemento de la turba y la perlita a consolidarse como el sustrato base del arándano en maceta. En ese proceso, el Perú depende principalmente del material importado desde India y Sri Lanka, que logró altos niveles de estandarización. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a desarrollarse una oferta nacional desde la selva, que ya abastece una parte relevante de la demanda asociada a nuevos proyectos.
El arándano peruano no siempre se instaló en macetas ni con sustratos estandarizados. En los primeros años, cuando los productores comenzaron a “meterlo en bolsa” sin mayor influencia técnica externa, las mezclas respondían a lo disponible: cascarilla de arroz, arena lavada de duna y compost. “Esas fueron las primeras macetas… pero con los años se volvía la maceta súper pesada, no podías ni moverla”, recuerda Luis José Montgomery, consultor en agronegocios vinculado al desarrollo de soluciones de sustratos para berries.
Con el avance del cultivo y la necesidad de estabilizar el sistema radicular, el país fue migrando desde el suelo hacia esquemas semi-hidropónicos, y en paralelo se consolidó un material que hoy domina los proyectos: la fibra de coco. “Se ha posicionado como el principal sustrato para los proyectos nuevos y para los que empezaron en suelo y ahora están migrando”, explica Montgomery. En sus inicios, hace más de 20 años, la fibra entró al mercado como una molienda burda que servía sobre todo para aumentar porosidad en la mezcla.

Diferentes granulometrías
El punto de quiebre técnico fue la diversificación de granulometrías y funciones de la fibra de coco. “Ahora tienes partículas gruesas, los chips, que dan aireación y durabilidad; luego la fibra, que ayuda a diseminar el agua y al drenaje; y finalmente el cocopeat, que aumenta la retención de agua y nutrientes”, detalla. La lógica es simple: un componente para aireación, otro para conducción y drenaje, y otro para retención. “Por eso la fibra se ha posicionado, porque te resuelve todos los problemas trabajándose la misma materia prima en diferentes presentaciones”, agrega.
Esa evolución técnica se tradujo en un cambio de estrategia: muchos proyectos dejaron de usar otros insumos del sustrato y pasaron a formular en base a proporciones de chips, fibra y cocopeat, ajustando por zona y objetivo agronómico.
Importado: estándar técnico, presión logística
El salto masivo hacia fibra de coco también empujó la demanda global, presionando el abastecimiento desde India y Sri Lanka, principales productores. “Están muy lejos: 60, 75, 80 días en barco. Y la época de siembra del arándano peruano coincide con los monzones, lo que genera problemas logísticos en origen”, señala Montgomery. En ese escenario, la disponibilidad y los fletes han incidido en la evolución del precio.
En términos prácticos, el mercado de este insumo dejó de “abaratarse” como venía ocurrido, debido a la demanda. “Hace ocho años era carísimo: US$4 o US$5 el bloque de tres kilos para una maceta de 27 a 30 litros… casi US$1.800 la tonelada”, recuerda. Luego, con más proveedores, bajó, pero la tensión de oferta y la compra agresiva de grandes proyectos volvieron a frenar esa tendencia. “Al empezar problemas de abastecimiento, el precio ya no ha seguido bajando; incluso ha empezado a subir… porque rompen stock”, afirma. Actualmente, se encuentra en tres o 3,5 dólares el bloque y el año pasado se habría importado por encima de las 60 mil toneladas.
La aparición del coco nacional
En los últimos años, la cadena comenzó a sumar una pieza nueva: una oferta local desde la selva peruana, ligada a la producción de aceite, coco rallado y usos cosméticos (el coco utilizado en esta industria debe haber permanecido más tiempo en el árbol). Ese giro dejó más cáscara disponible para procesamiento de sustratos y empujó la instalación de plantas y maquinaria.
La fibra peruana ya participa en el abastecimiento de los arandaneros. Montgomery estima que, mientras las importaciones crecieron con fuerza en los últimos años, la oferta nacional bordea entre 12.000 y 15.000 toneladas, lo que equivale aproximadamente a un 20%–25% del mercado asociado a nuevos proyectos de arándanos. Su ventaja principal está en costo: “El coco nacional tiene un costo menor, un 20%–30% menos”, indica, aunque precisa que todavía existen “errores de eficiencia” asociados a una industria en maduración, con desafíos en estandarización y consistencia.
En términos técnicos, la industria local también ha empezado a resolver lo más complejo. “La granulometría más difícil de hacer es la de cocopeat y ya han habido proyectos con abastecimiento de este tipo de granulometría locales”, comenta, describiendo un proceso típico de aprendizaje industrial: partir con variabilidad y mejorar gradualmente hacia especificaciones más estables.
Investigación: formalizar la fibra nacional y sumar bioestimulantes
Para cerrar brechas técnicas, Montgomery comenta que viene trabajando en un proyecto ProInnóvate orientado a desarrollar sustratos “a medida” en base a fibra peruana, formalizando combinaciones y mediciones de granulometría para un mercado que, hasta ahora, se ha movido más por tendencias importadas. “En el caso de la fibra nacional… todavía no existe una clasificación exacta o no está medida. Nosotros lo que estamos haciendo es formalizando estas combinaciones”, explica.
El proyecto contempla una fase de análisis de requerimientos del mercado, definición de combinaciones de granulometría, implementación de maquinaria y asesoría con especialistas en sustratos y biotecnología. El objetivo es valorizar la cáscara de coco —que anteriormente se eliminaba mediante quema, generando emisiones de CO₂— y, al mismo tiempo, contribuir a una mayor eficiencia hídrica y nutricional a través del sistema semi-hidropónico en maceta, que permite reducir el consumo de agua y fertilizantes.