Competitividad sostenible: el verdadero valor de los bioinsumos en la floricultura colombiana
Colombia lleva más de dos décadas incursionando en este campo, pero los últimos años han significado un salto cualitativo en el aprendizaje, la adopción de nuevas tecnologías y la construcción de una visión compartida de sostenibilidad.
La floricultura colombiana ha demostrado en más de cinco décadas de historia que es un sector dinámico, competitivo y en constante transformación. Hoy, uno de los grandes temas que marca la agenda técnica, normativa y de sostenibilidad es el uso de bioinsumos. No es un tema nuevo: Colombia lleva más de dos décadas incursionando en este campo, pero los últimos años han significado un salto cualitativo en el aprendizaje, la adopción de nuevas tecnologías y la construcción de una visión compartida de sostenibilidad.
Desde CENIFLORES ya hemos liderado durante tres años consecutivos los Encuentros de Bioinsumos en Cundinamarca y Antioquia, y esto es una señal contundente de que existe un ecosistema vivo de intercambio de experiencias, actualización normativa y análisis técnico. En cada edición se aprende algo nuevo: desde avances regulatorios hasta casos exitosos de implementación en campo. Incluso en un sector que exporta flores a más de 100 países, y que conoce de bioinsumos desde hace veinte años, siempre hay espacio para seguir aprendiendo. Y esa es, quizás, la primera gran lección: la innovación no es un destino, es un camino.
¿Costo o inversión?
Uno de los temas recurrentes es el del precio de los bioinsumos. En ocasiones, cuando se comparan con otras soluciones disponibles en el mercado, pueden percibirse como más costosos. Sin embargo, esa comparación debe ponerse en perspectiva: no se trata solo de cuánto cuesta el producto en sí, sino de lo que representa en términos de innovación y de años de investigación que concluyen en ciencia aplicada.
Más que hablar de gasto, debemos hablar de inversión estratégica. Los bioinsumos abren la puerta a un manejo más sostenible, a la reducción de riesgos de resistencia y, sobre todo, a cumplir con las crecientes exigencias de los mercados internacionales. Desde esa óptica, el valor de los bioinsumos no puede medirse únicamente en cifras de flujo de caja, sino en su capacidad de sostener la competitividad del sector en el tiempo.
El manejo integrado como camino sostenible.
Es clave recordar que el Manejo Integrado de Plagas (MIP) sigue siendo una estrategia central para reducir daños y garantizar la sanidad de los cultivos. Sin embargo, debemos dar un paso más allá: el Manejo Integrado de Cultivos (MIC).
El MIC es una apuesta sostenible que va más allá del corto plazo y que integra un análisis holístico a nivel técnico, económico, ambiental y social en el corto, mediano y largo plazo. En este esquema, los bioinsumos no son una solución única ni pretenden sustituir por completo a los activos de síntesis química. Más bien, se convierten en herramientas funcionales dentro de un universo más amplio de estrategias.
El reto está en usarlas con responsabilidad, reducir riesgos de resistencia y mantener la coherencia con la realidad productiva de la floricultura colombiana. Y vale enfatizar algo: cuando hablamos de manejo, no debemos pensar únicamente en “control” como sinónimo de mortalidad. El enfoque debe ser integral, centrado en la respuesta del cultivo, en la fisiología de las plantas y en la calidad final de las flores que llegan a los mercados internacionales.
Del papel a la acción.
Los Encuentros de Bioinsumos, y en general todos los espacios técnicos que promovemos, no pueden quedarse en ser escenarios de reflexión. Tal como lo hemos planteado en CENIFLORES a través del “Triángulo de Innovación”, que articula gobierno, academia y sector productivo, el verdadero desafío está en llevar esas ideas a la práctica con criterio técnico avanzado, contextualizado y sostenible.
De nada sirve acumular presentaciones, papers o memorias si no logramos traducirlas en acciones concretas en el campo. Cada finca, cada especie y cada región tiene realidades distintas; por eso, la implementación debe ser adaptada a un contexto propio de la realidad de cada finca, rigurosa y medible.
El reto de la competitividad.
Las presiones de los mercados internacionales, especialmente europeos, en la reducción del uso de plaguicidas de síntesis química son una realidad tangible. No son advertencias abstractas, son requisitos que definen quién entra y quién se queda por fuera. Por eso, nuestro compromiso con la sostenibilidad debe ser igual de real.
La buena noticia es que Colombia tiene el potencial para responder. Tenemos datos, y esos datos son oro: información sobre plagas, clima, suelos, microbiota y desempeño de productos. Lo que necesitamos ahora es dejar de ver la inteligencia artificial, los modelos matemáticos y la analítica avanzada como algo lejano o inalcanzable. Son herramientas disponibles que pueden transformar la manera en que tomamos decisiones en sanidad vegetal y manejo integrado.
Hacia una floricultura sostenible y competitiva: innovar o quedarse atrás.
La floricultura colombiana es competitiva porque nunca ha tenido miedo a innovar. Los bioinsumos son parte de esa historia y también del futuro. Pero el desafío está en no quedarnos en el discurso: pasar del dicho al hecho, del papel a la implementación real.
En cada Encuentro de Bioinsumos queda claro que el camino es la colaboración, la inversión en ciencia y la coherencia con los pilares de sostenibilidad. Lo que hagamos hoy determinará no solo la calidad de nuestras flores, sino la permanencia de Colombia como líder mundial en un mercado cada vez más exigente.
El reto está planteado: o nos adelantamos a los cambios, o nos quedamos rezagados. La floricultura colombiana tiene todo el potencial para ser protagonista de la innovación y no espectadora de la transformación, y confío en que el sector avanzará en esa dirección.
